Arte

Guggenheim, Krasner y Sobel

  • La historia del 'Mural', alzado como afirmación de la rotundidad bidimensonal de la pintura, contiene otros nombres además del de Pollock.

Peggy Guggenheim, mecenas, libertina y amante de la vida en general, hizo mucho por Jackson Pollock (Cody, Wyoming 1912-Springs, Nueva York 1956): reservarle la pared del hall de su casa, nada menos. Teniendo en cuenta lo que pasaba por allí de artisteo en esa época, aquel proyecto estaba destinado a ser un caramelo sustancioso que se materializaría en el Mural (1943) que, hasta el 11 de septiembre, exhibe el Museo Picasso Málaga. La coleccionista de la saga Guggenheim hizo, sin embargo, un poquito más por el artista, a saber: exponer la obra de la ucraniana-estadounidense Janet Sobel (1894-1968) en su galería, Art of This Century. La obra de Sobel -artista tardía, había comenzado a pintar con 43 años- mostraba una técnica que impresionó al mismísimo Pollock y a Clement Greenberg, crítico y propagandista (sí, las dos cosas) del expresionismo abstracto. Ambos admiraron la obra de aquella pintora surrealista, considerada por algunos la inventora del dripping, en una colectiva montada por Peggy en 1944, un año antes de que el action painter por antonomasia iniciara un viaje estilístico sin retorno. La residencia de Long Island, compartida con su esposa, la también artista Lee Krasner (Brooklyn, Nueva York 1908-Nueva York 1984), iba a convertirse en testigo silencioso de una forma de pintar rotundamente física en la que el suelo percibía, por así decirlo, la energía desbordante del goteo y del derrame de color que le colocarían en lo más alto. Para regocijo de Greenberg, que apostó por un purismo formal extremo en el que el desbordamiento de los límites del lienzo por la vía del drip painting no sólo se ajustaba a sus estándares de calidad… sino que suponía la sanción de Pollock como primer pintor moderno made in USA, al tiempo que liberaba al país del yugo estilístico europeo, tal y como cuenta Marc Jimenez en La querella del arte contemporáneo (2005).

Pero volvamos al principio de esta historia. Antes de que Pollock explotara a nivel artístico, ocurrió lo que el Museo Picasso Málaga narra en su nueva temporal, que lleva por título Mural. Jackson Pollock. La energía hecha visible. Una exposición organizada por el University of Iowa Museum of Art con un highlight poderosísimo (el Mural), precedido de unos preliminares trazados, en este caso, por su comisario (David Anfam, del Clyfford Still Museum de Denver). Una serie de piezas nos acompañan hasta el desafío planteado por Guggenheim al creador de Wyoming, que además de la influencia de Sobel recogió el afán espiritual de maestros como El Greco -su versión de La Resurrección de Cristo formó parte de la impresionante muestra que hacía dialogar al cretense con los maestros modernos en El Prado- y la audacia moderna de Picasso. Un primerizo Pollock se sitúa, de hecho, en franco pique con el malagueño, cuyo rastro picassiano se observa en la primera de las salas a través de Sin título (Hombre desnudo) (1938-41), conectado con su homólogo en el Museo Picasso parisino. Atraído por su denuncia antifascista y pacifista, el Guernica (1937) le obsesionó especialmente.

Antes de la estampida

Fotografía, pintura y, en menor medida, escultura, secundan la llegada a la estampida de Mural, en un discurso dominado por los grandes formatos que cuenta con una selección de instantáneas que el artista pudo ver en Action Photography, la muestra que el MoMA dedicó en 1943 a la fotografía de acción (con material de autores como Herbert Matter, Barbara Morgan, Aaron Siskind y Gjon Mili). Anteriormente, la propuesta testimonia cómo afectó a Pollock el trabajo de los muralistas mexicanos (de José C. Orozco al mismísimo Diego Rivera, al que pudo ver in situ mientras trabajaba en el fresco del Rockefeller Center). Aquella preocupación por el movimiento, por la repetición de secuencias, formó parte de un trayecto que terminaría en lo abstracto, inconsciente mediante.

A posteriori, entre las 41 obras seleccionadas, nos encontramos con piezas enormes firmadas por Warhol, nuestro Saura (La grande foule, de 1963)… y que cuenta con otro de los magníficos del color field, Robert Motherwell (Aberdeen, Washington, 1915-Provincetown, Massachusetts, 1991); concretamente, con una Elegía a la República Española nº 126 (1965-1975) cuyo eco alcanza nuestros días. Adolph Gottlieb (Laberinto nº 3, 1954), Juan Uslé y Roberto Matta son otros artistas que allanan la superficie, de alguna manera, hacia la panorámica de un tour de force en el que el creador estadounidense "se encontró a sí mismo", en palabras del comisario de la exposición. Otros lienzos posteriores de Pollock que abrigan la obra protagonista de la muestra son Retrato de H. M. (1945), Esfuerzo de pájaro (1946) y Circuncisión (1946); estos últimos procedentes del palacio veneciano de Guggenheim.

Lo que ha experimentado la famosa pieza del malogrado Jackson Pollock ha sido un renacimiento, después de la restauración que el angelino Getty Conservation Institute acometió en un período de 18 meses. El renacer material del Mural ha venido de la mano de un tour en el que el icónico cuadro ha sido exhibido en la Peggy Guggenheim Collection de Venecia y la Deutsche Bank Kunsthalle de Berlín. El Museo Picasso Málaga albergará esta importantísima obra hasta su marcha al Royal Academy of Arts londinense, que recogerá el testigo con una exposición titulada Abstract Expressionism.

Naturaleza, en definitiva

"Estoy delante de ese lienzo en blanco pero creo que va a ser algo muy grande", explicaba el artista, en una carta, a su hermano. Así, todo parecía indicar que la intuición-ojo de Guggenheim, su valedora y financiera, iba a poner la bala correctamente. La crianza californiana pesó, a nivel temático, en una obra que el propio Pollock definiría como un paisaje propio del wéstern americano, atravesado por animales típicos del territorio salvaje. Vacas, caballos, antílopes o búfalos quedan expuestos, en cambio, a la mirada de cada cual, en un lienzo gigantesco que rezuma unas grandes dosis de libertad, por supuesto de cara a su interpretación. Un no-fresco (Mural fue pintado sobre un lienzo) que se alza como una enorme afirmación de la rotundidad bidimensional de la pintura que tanto defendiera Greenberg, y que puede resultar agresivo y poético, visceral y viscoso. Profundo, en cualquier caso.

A la luz de las nuevas narraciones de la historia del arte -en las que Lee Krasner recupera su sitio, como tantas otras artistas- constituye un acto de justicia colocar el Mural frente al rojo subyugante de Otra tormenta (1963), abstracción de grandes dimensiones que revela la máxima de esta pintora: "I'm Nature". Naturaleza que, bien confundida en el silencio vegetal, o en el estruendo animal, debió de fascinar tanto a una como a otro. Ya lo dijo Pollock, en el caso de las figuras que corren y trotan, poblando el encargo de Guggenheim: "[…] todos a la carga a través de la maldita superficie".

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