Para una Historia sonora

  • Antonio del Pino Romero es uno de los dos organistas de la Catedral, de cuyo archivo es también responsable Defiende la posición de Málaga como referente de la música sacra

Caminar por la Catedral de Málaga con Antonio del Pino es verla con los ojos de quien la vive, no de quien la visita. Ninguno de sus esquivos rincones se le escapa. Es uno de los dos organistas de la Basílica de la Encarnación y sus dedos acarician el tempo de la historia. Su jornada de trabajo podría ser -y de hecho es- la envidia de muchos melómanos. Cada día, camina entre el coro de Pedro de Mena, observando las tallas, y cuando sube los 30 peldaños de caracol que le separan de las teclas y los 4.000 tubos, su mente se llena de "un sentimiento de privilegio, pero también de infinita responsabilidad".

"La primera vez que pude tocar el órgano de la Catedral fue un día que recuerdo con felicidad, pero también con pesar". Un aciago 15 julio del año 2000, José María Martín Carpena fue asesinado por ETA y la capilla ardiente se instaló en La Encarnación. La misa fúnebre corrió a cargo del organista suplente, pero al final, un joven Del Pino se sentó en las verdes maderas que presiden los teclados y dio lo mejor de sí. "Un organista es el vehículo que crea la atmósfera. Ayuda a la gente a experimentar emociones, y el sentir personal del intérprete ha de quedarse en la puerta del órgano". Como Canio, el protagonista de Ridi Pagliaccio -el payaso que descubre su engaño antes de salir a escena-, el show debe continuar: "Eres un medio para un fin, formas parte de la espiritualidad, la fe y el sentir de la gente, de ahí viene esa sensación de responsabilidad".

La carrera de Del Pino, a pesar de que su edad no es la habitual en alguien con sus responsabilidades, es digna de mención. Estudios superiores de viola y órgano, un máster sobre música sacra en Milán, y alrededor de 12 años a cargo de los tubos. "Me siento una persona afortunada, porque el Cabildo confía en mí, puedo moverme por aquí como si fuese mi casa. Además, tenemos la suerte de que el actual obispo, Jesús Catalá, es un melómano y un auténtico amante de la verdadera música sacra. Otra de las personas que confían en mí, y de la que siempre obtengo un sí por respuesta, es Pepe Sánchez, vicepresidente de la Fundación Victoria, en la que soy profesor".

El instrumento que maneja Del Pino "es una pieza única, por sus cualidades y por su estado de conservación". Dispone de una amplísima combinación de registros, todos ellos de acción mecánica, tal y como se construyeron en su día, allá por 1648. "Dispongo de una variada palestra de colores con los que llenar la Catedral de sonidos". Todas las posibles combinaciones, timbres y aspectos sonoros dependen del momento litúrgico, del motivo de la celebración y sus aspectos emocionales. "No es lo mismo tocar en un réquiem que en una Misa del Gallo", y por eso es tan importante la espiritualidad del que interpreta, para conocer lo que han de sentir las casi 2.000 almas que escuchan misa en la basílica.

Las funciones de este organista no se quedan exclusivamente en manejar las tripas del órgano, sino que también dirige el coro de la Catedral, el coro de canto gregoriano y la escolanía de la parroquia del Corpus Cristi. Un hombre de ímpetu, que roza la ambición continuamente. Todo ello lo combina con la gestión del archivo. Para acceder a él, hay que seguir a Alberto Palomo, uno de los encargados de la institución, que, con paso decidido, conoce el camino.

Una estrecha escalera asciende por la base de la torre. En cada rellano, a la luz de los ventanucos, el guardián va rebuscando entre un manojo de llaves, produciendo un tintineo que contrasta con la paz del sitio. En las paredes, de roca de cantera, se pueden ver fósiles marinos que observan al visitante como a un intruso. Por fin la llave correcta aparece, y una añeja puerta de madera desgastada precede a una moderna lámina de metal de seguridad, con código de alarma. Y las precauciones no son para menos. En su interior, una antigua estancia habitable es ahora cobijo para todos los documentos que, en los cinco siglos de historia de La Manquita, se han ido escondiendo en su interior. Entre las profundidades de pilas de documentos y estanterías abarrotadas de libros y cartas firmadas por reyes y princesas, está la piedra angular de la labor de Antonio: la música del maestro Iribarren. "Un tesoro" que hace que, con bata blanca y el mimo de una madre que acaricia a un recién nacido, el organista pase horas transcribiendo y descifrando "obras de arte que llenan el pragmatismo de magia".

¿Y cómo ha de sentirse alguien que desengrana y escucha por primera vez música de 1733? "Como un historiador que descubre un ejemplar del Quijote que se antojaba perdido, o un arquitecto que desempolva un resto y lo ve por primera vez, es algo increíble". Su espíritu erudito le lleva a querer más: "Málaga podría ser referente en la música sacra europea, y con muy pocos recursos, solo hace falta un poco de tiempo e inversión". Del Pino muestra así su lado más reivindicativo, porque es sabedor del patrimonio que alberga en su vientre el edificio, pero también sabe que la ciudad vive de espaldas a su existencia.

El archivo fue idea del propio Iribarren, que se dio cuenta de que los maestros de capilla no dejaron copia de sus composiciones, por lo que desde 1737, todo lo musical encuentra un lugar en la Catedral para poder ser consultado en la posteridad. Del Pino muestra orgulloso una partitura de Pretiosa in Cospecto, un motete para cantante y continuo, "una de mis obras favoritas". La magia de este archivo, es que el hecho de que la música esté archivada no significa que se haya escuchado de nuevo. De ahí la reivindicación de Del Pino. La divulgación de todo ese patrimonio depende del esfuerzo de muy pocos, y podría llegar a más gente si se ampliasen los recursos.

Uno de los momentos que Del Pino recuerda con más emoción, al margen de su primera experiencia agridulce, es del año 2006. Acababa de terminar sus estudios superiores de órgano, y Adalberto, el otro músico de la catedral, confió en él para formar parte del ciclo anual de órgano que se celebra en Málaga. En ese certamen, el todavía inexperto organista había visto interpretar a grandes figuras de la música que le sirvieron de inspiración. Ahora era su turno. "Pensé: soy yo el que va a estar ahí. Al principio me temblaban los dedos, pero en la segunda nota decidí disfrutarlo y todo salió bien".

A pesar de conocer su interior como la palma de su mano, y de haberle dedicado horas, es incapaz de hablar del instrumento sin mostrar una admiración que engrandece su labor, y que hace que viva su profesión como un gesto constante de retorno de confianza. Un legado que muy pocos viven como él, y que nunca cesará en la transmisión de responsabilidad. En su modestia, Del Pino es incapaz de no agradecer al deán y su entorno la oportunidad que, a pesar de sus méritos, le brindan cada día.

Navidades, misas y momentos que, al margen de la religión, mueven cosas en el interior de las personas. Antonio se siente parte de eso, y combina su pasión por la música con la pasión de los demás. Aunque afirma que no se sube al órgano para demostrar virtuosismo, lo cierto es que aquellos que lo escuchan, desde purpurados hasta humildes feligreses, sienten el aire que se mueve en el pecho. Es una cuestión física, que trasciende, y él lo sabe. Sabe que la responsabilidad nace de la devoción de aquellos que acuden allí, por los motivos que sean. Su papel, a pesar de que lo han leído muy pocas personas a lo largo de cinco siglos, es interpretado con la nobleza de quien vive rodeado de historia, e intenta dejar huella en los libros que, con tanto cariño, él mismo ha leído cientos de veces.

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