Historias de gentes sencillas

  • A punto de estrenarse la versión cinematográfica de 'Arrugas', el valenciano Paco Roca entrega un nuevo y espléndido álbum, 'Memorias de un hombre en pijama', un sagaz retrato del españolito de a pie

La excelente acogida comercial y crítica de Arrugas (2007) -uno de los mejores cómics publicados en la primera década del siglo XXI- propició la recuperación o redescubrimiento de varios álbumes previos de Paco Roca, tal fue el caso de El faro (2004), una deliciosa fábula sobre un soldado republicano que huye a Francia una vez acabada la Guerra Civil española. Este joven, extraviado y solo, halla refugio en un faro apagado y compañía en el viejo farero, un lobo de mar que se pasa el tiempo contando historias en el arduo empeño de combatir la grisura reinante (Que Roca subraya al prescindir del color en su trabajo: hay historias que sólo pueden contarse en blanco y negro).

Al final, el joven descubre que su compañero ha saqueado esas fábulas de unos pocos libros de su biblioteca; el farero no ha viajado sino con su imaginación. En cualquier caso, la moraleja es la que es: "No se puede ir por ahí a la deriva, sin un sueño". El faro es un hermoso homenaje a las mil y una lecturas que rompieron contra el espigón de nuestra infancia.

El éxito de Arrugas dio una segunda vida a títulos anteriores, he dicho, pero no un cheque en blanco al autor. En el mercado, ese mundo inhóspito, cada nuevo libro supone una nueva batalla, y su siguiente álbum, Las calles de arena (2009), no tuvo la repercusión que se merecía. Una lástima, pues Las calles de arena, una versión bizarra y problemática de El faro, es un magnífico trabajo. Una vez más, se parte de una huida de la realidad a un mundo de fantasía, aspecto recurrente en la obra de Paco Roca. El autor, totalmente de acuerdo en este punto, me completó personalmente el apunte en estos términos: "Verás, no tengo firmes convicciones, sea políticas sea religiosas; de tenerlas, mis personajes quizás huyeran hacia una ideología o hacia una creencia, pero no las tengo".

Los mimbres de la trama son genuinamente kafkianos: un joven, que debe acudir a una cita importante en un banco, elige un atajo a través de un barrio antiguo y queda irremediablemente varado en un laberinto borgiano con algo de aquel País de las Maravillas hallado por Alicia en la madriguera de un conejo. El artista vuelca en la página un turbión de temas con pedigrí en el género: la fusión de realidad y sueño, la existencia de dimensiones paralelas, la huida interminable e imposible, el doble y el desdoblamiento, el vampirismo -también visitado en el álbum El juego lúgubre (2001)-, etc. No hablamos de un simple ejercicio de mímesis, sino de interiorización.

Paco Roca devora influencias dispares y las regurgita en un todo nuevo. Reinventa sus referentes. O los renueva, que no es poco. Así y todo, y a pesar de su carácter marcadamente fantástico, las de Roca son historias de gentes sencillas. Incluso cuando los relojes blandos de la fantasía marcan la hora, los protagonistas de sus viñetas siguen siendo como usted y yo. El soldado huido o el joven perdido dentro del laberinto son tipos comunes en situaciones fuera de lo común, y gracias a ellos lo extraordinario se impregna de un toque ordinario muy peculiar. Todo esto bulle y rebulle en la propuesta más reciente y desnuda del valenciano; tan desnuda que lo único que endosa el protagonista es un pijama a rayas de los de toda la vida. Memorias de un hombre en pijama (Astiberri) -una serie publicada por el diario Las Provincias entre 2010 y 2011- es una regocijante reivindicación del hombre corriente y moliente; un hombre cuya idea de felicidad se resume en la culminación de este sueño infantil: quedarse en casa en pijama todo el santo día.

En esta ocasión, Paco Roca no busca la inspiración en manantiales histórico-míticos, sino en el grifo estropeado de la cotidianidad. El artista coloca bajo el iluminador haz del humor esas situaciones en las que alguna vez nos hemos visto envueltos cualquiera de nosotros y la estampa resultante, de tan sagaz, abruma.

El artista nos enfrenta a nuestras pequeñas y grandes manías: al intento de conciliar los sueños que tuvimos antaño con la rutina donde hallamos cobijo hogaño; a las mil y una trifulcas con la mujer que ha hecho suya nuestra casa y existencia; a la perniciosa costumbre de evaluar nuestra situación actual a partir de los éxitos o fracasos de amigos y conocidos; a la dependencia del trabajo sabedores de que esta esclavitud diaria es preferible a la libertad sin horizontes del desempleo; a los percances cotidianos con la cacharrería que nos circunda: electrodomésticos, teléfonos, ordenadores, etc. Si Luigi Pirandello dijo que la vida es cosa de risa, nosotros deberíamos añadir que da risa la vida que hemos acabado llevando algunos.

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