Ives, el asegurador

  • Hilary Hahn y Valentina Lisitsa graban las cuatro sonatas para violín y piano del compositor americano Charles Ives

Si no hubiera sido compositor, a Charles Ives (Danbury, Connecticut, 1874-Nueva York, 1954) quizá se le conocería como el agresivo hombre de negocios que dirigió una de las compañías de seguros más importantes de Estados Unidos, el empresario que pedía a sus vendedores que "aporrearan algunas ideas geniales" en las cabezas de sus potenciales clientes. Pero para nuestra suerte Ives fue también un visionario artístico, el músico que, a la distancia, puede ser considerado padre putativo de algunos de los grandes maestros de la música norteamericana de la segunda mitad del siglo XX, con John Cage y Morton Feldman a la cabeza. Igual que ellos, Ives parte del absoluto desdén hacia las imposiciones de las escuelas: "No sé por qué razón habría que desterrar la música tonal para siempre. [...] No sé por qué tendría que estar siempre presente".

Ives no rechaza la tradición, pero opera con ella como el acumulador de referencias, como el creador de collages (hay algo mahleriano en eso), invitando al oyente a una escucha de los materiales que no son sometidos a manipulación alguna ni necesariamente ordenados con una direccionalidad concreta. En la música de Ives se hallan referencias a grandes maestros clásicos, pero también aparecen, superpuestos o encadenados, baladas y temas folclóricos. En esta invitación a la poliescucha subyace un hiperrealismo que desdeña la retórica romántica y busca su punto de fijación en la naturaleza ("La naturaleza es amiga de las analogías y siente horror de la repetición y la explicación retórica"). Es la suya una música que se complace mucho más con las preguntas que con las respuestas. The unanswered question, esa partitura orquestal aún temprana (1908) que se ha convertido en una de sus piezas más difundidas, representa bien el espíritu de un compositor inconformista y alejado de cualquier tipo de convencionalismo que, cuando en 1920 publicó la Sonata Concord, una de sus obras auténticamente maestras, aún se preguntaba sobre la naturaleza del arte: "Puede que la música aún no haya nacido". Parece una sentencia de Cage.

Aparte esa magistral sonata pianística, sus cuatro sinfonías y otra serie de piezas orquestales, que pasan hoy por ser sus obras más conocidas y prestigiadas, Charles Ives dejó cuatro sonatas para violín y piano, que escritas entre principios de siglo y 1915, serían estrenadas entre 1917 y 1940. Se trata de obras en tres movimientos, pero perfectamente singularizadas en materia de armonías, atmósferas y colores. La extraordinaria Hilary Hahn (Lexington, Virginia, 1979), que vive una espléndida primera madurez, las ofrece, con el acompañamiento soberbio de su habitual colaboradora, Valentina Lisitsa (Kiev, 1973), en un CD ideal para entrar por el camino menos convulso en la estética del compositor. Es música inserta en la tradición lírica del instrumento, pero que se libera de reglas y obligaciones de todo tipo para fluir con absoluta naturalidad y sencillez, pasando del ragtime al himno, de la melancolía a la efervescencia, de la fantasía a la ensoñación infantil. Y así la toca Hilary Hahn, como una niña deslumbrada por el primer sol de la mañana.

Hilary Hahn, violín Valentina Lisitsa, piano Deutsche Grammophon (Universal)

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