Crítica de Danza

Jugando con fuego

Representación de 'El amor brujo' del Víctor Ullate Ballet, ayer, en el Teatro Cervantes. Representación de 'El amor brujo' del Víctor Ullate Ballet, ayer, en el Teatro Cervantes.

Representación de 'El amor brujo' del Víctor Ullate Ballet, ayer, en el Teatro Cervantes. / javier albiñana

El fuego es, ya se sabe, uno de los elementos esenciales de El amor brujo, tanto por su cualidad purificadora como por el carácter destructivo que le atañe. Víctor Ullate ha recuperado la propuesta para la música de Manuel de Falla que presentó en 1994 y se ha atrevido a hacer con ella lo que seguramente no se atrevió a hacer entonces: si ya en su querencia trágica la pieza es originalmente diversa, proteica, imprevisible y travestida, tanto hacia dentro como hacia fuera, en virtud de su descarada confusión de raíces clásicas y populares, ahora Ullate ha llevado el ballet definitivamente a otra parte sin dejar de hacer El amor brujo, lo que, de paso, resulta revelador respecto al eterno debate sobre qué puñetas hacemos con la tradición cultural española. Antes incluso que la primera nota musical, lo que el público escucha desde la escena es el crepitar del fuego, una hoguera que consume lo que se cruza en su camino o en la que quizá arde todo lo que cabía esperar de una puesta en escena deEl amor brujo. A partir de aquí, Ullate juega con fuego. Y se quema, claro. Pero posiblemente (y resulta más admirable, si cabe, a tenor de una trayectoria como la suya), abre puertas que llevaban demasiado tiempo cerradas. En la diatriba entre danza clásica y danza contemporánea, sigue pendiente en España la consecución de una mayor convicción sobre la evidencia de que ambas son la misma cosa, muy a pesar del éxito de la displicencia académica que sobrevive a base de poner fronteras, y de que podemos hacer con ellas lo que nos dé la gana. Justo es lo que ha hecho y sigue haciendo Víctor Ullate. Insisto, sin traicionar la esencia de El amor brujo (más aún, incluso, afirmándose en ella tal vez más de lo necesario). El público respondió ayer con la ovación correspondiente la propuesta, aunque habría resultado divertido preguntar a cada espectador en qué medida lo que acababa de ver se correspondía con sus expectativas. Sólo por ser traviesos.

Quizá lo mejor de esta lectura de El amor brujo sea su naturaleza de objeto plástico: luz, vestuario, movimiento y sonido conversan en una armonía sensible que se torna en disonancia a placer y sin restar un ápice a su espíritu. El cuerpo de baile, prodigioso en técnica y ejecución, procede a una conquista que empieza por el ojo y termina, tal vez, en el estómago: una impresión de saciedad cunde al final del relato. Los interludios sostenidos en la música de Luis Delgado amplían el arco mediterráneo hasta extremos orientales, pero en Falla el caudal exótico se vierte en la reconocible épica del cante (ahí está la voz de Carmen Linares para poner todas las emociones en orden) sin renunciar a su marchamo universal y con estampas realmente bellísimas (el mismo episodio de la Danza del fuego es de una hermosura conmovedora). Pero he aquí que Víctor Ullate decide apartar el velo que oculta el misterio de la muerte, ligado en la misma pócima al del amor (tanto o más inquebrantable), y prefigura un paisaje más parecido a Mordor que el Inferno dantesco, donde la humanidad es trasunto de pajarracos y criaturas que se arrastran por el suelo (única concesión, por cierto, a la disciplina: el resultado de este Amor brujo es inequívocamente español, es decir, prefiere el aire y el vuelo a la ras de tierra) mientras suena a todo trapo la música ambient y oscuramente industrial de In Slaughter Natives. Y, bueno, ante semejante discurso uno, como Falla, también se descubre a sí mismo en otra parte. Sin embargo, es la misma pócima la que ha estado cociéndose todo el rato. Tan arrebatadora, tan grotesca. Tan libre y soberana que asusta.

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