Lisbeth Salander vuelve a la carrera

  • Llegan a la cartelera la esperada lectura de 'Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres' de Stieg Larsson a cargo de David Fincher y la última película de Álex de la Iglesia, 'La chispa de la vida'

Es posible, y a entender de muchos lectores (y otros muchos espectadores), que la exitosa trilogía de Stieg Larsson no sea demasiado viable a la hora de adaptarla a la gran pantalla. Para que nos demos cuenta de ello, ha tenido que rodarse una versión sueca de Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres (y de sus continuaciones, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, y La reina en el palacio de las corrientes de aire). El Millenium de David Fincher, que se estrena hoy en las salas españolas también como Los hombres que no amaban a las mujeres (su título original, sin embargo, difiere del de la novela: The girl with the dragon tatoo) se atiende al culto causado con sus cintas El Club de la Lucha y Seven, sobre todo en esta última, donde creó un laberinto de fácil resolución, a través del asesinato, al igual que en Zodiac, y que cuya conclusión resulta chocante a niveles descomunales. La versión sueca fallaba a la hora de crear el thriller que tan fácilmente podría haber ofrecido Fincher, además de contener una iconografía realmente débil, y menos impactante de lo esperado, sobre todo tras ver el muro de Juego de Tronos. En cuanto al universo Fincher, podemos decir que es indudablemente atroz, soez y falto de inocencia. Resulta que estos elementos acaban generando una evidente falta de clase, que en sí sería la clase del cine negro más profundo, y ésto se demuestra, ya sea viendo a Robert Downey Jr. retorciéndose de un enfisema pulmonar en un cuarto andrajoso (Zodiac) o a Edward Norton luchando consigo mismo en el aparcamiento de un bar de mala muerte (El club de la lucha).

Lisbeth Salander no es un personaje épico, ni sobrehumano, ni mítico... es una figura demasiado elegante del universo noir. El mundo que se le ofrece a Mikael Blomkvist (Daniel Craig) es en el que Salander lleva tanto tiempo subsistiendo, inhalando los deshechos de la sociedad (y tabaco) y exalando un comportamiento respecto a ellos. Y aunque muchos de los protagonistas, tanto de las novelas como de sus adaptaciones, hubiesen preferido leer los escritos de Salander a verla en persona, tal y como decía el guitarrista Andrés Herrera sobre algunos músicos que nadie debería ver, pero que todo el mundo debería escuchar, Lisbeth es un personaje demasiado carismático; abandonarlo detrás de un ordenador sería una estupidez. En esto influye su inteligencia, la cual somos incapaces de digerir cada vez que entra y sale de una vida a la que investiga, y ese look punk tan reconocido, que arrastra con el paso de los años. Lo curioso es que en ella, la referencia cultural a esta moda parece más una marca de nacimiento que una tendencia comercial, y nadie diría que esté llenando ningún vacío emocional. La actriz Noomi Rapace ocupaba en la versión sueca el hueco de un papel complejísimo, al que muy pocas actrices podrían acceder, como un talento viviente como Meryl Streep (aunque nadie la ve con media docena de piercings y una cresta).

La actriz que más fuerte sonaba para encarnar a Lisbeth fue Scarlett Johansson, pero Fincher se negó puesto que "no es una actriz de la que te puedas esperar un desnudo". Al final, el papel es de Rooney Mara, actriz que interpretó a la novia de Mark Zuckerberg en La red social (también de Fincher), un papel tan insustancial que Mara acababa en medio de un altibajo amoroso, y a la sombra de Jesse Eissenberg. Aun así, la transformación de Rooney Mara es sobresaliente; es frívola, morbosa y cercana. Noomi Rapace era (y será) siempre Lisbeth Salander, aquella que parece encontrar en Blomkvist algo a lo que la suciedad del mundo no ha conseguido acariciar. Pero Fincher tiene la réplica, y nadie se la va a negar.

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