Llega el mito

  • Bob Dylan, la leyenda viva más grande de la historia del rock, actúa esta noche en el estadio Chapín de Jerez como penúltimo peldaño en una gira española que deja sabores agrios y dulces

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Para llevar la contraria, práctica muy propia de Dylan, vamos a quebrar tópicos en torno a la figura del mito del rock que hoy canta en Jerez en el penúltimo peldaño de su gira española. Bob Dylan no existe, Existen unos cuantos. Su inabarcable obra, que ocupa media vida de dylanitas e incluso adversarios, merece exhaustivos estudios. Dylan viene a Jerez en notable estado de gracia, lleva un siglo en forma, multifacético y creativo, cosecha galardones y leyendas, y cada noche, al frente de su gira interminable, derrama esencias de su arte. Libros, películas, documentales, el viejo Dylan ocupa páginas de actualidad recién llegado del pretérito imperfecto. De un personaje tan genial como incierto habría que convenir lo que no es: no es tan huraño como pintan, no se repite a sí mismo, ni canta mal, lo hace a su manera. Ejem. Comprueben los matices de su cascada voz, y los pliegues y círculos concéntricos de su poesía. Dylan en Jerez, increíble pero cierto, a partir de las nueve y media en Chapín.

No permite cámaras, aunque los móviles iluminarán la noche con sus destellos. El domingo impidió a la tele que ofreciese en directo su recital en Rock in Río, un aliciente más para Jerez. Dylan no quiere ni fotos, siempre fue así, y algunos elevan tal circunstancia a la categoría de notición. Sus detractores también resaltan que apenas se dirige al público. Ni falta que hace. Hablan sus canciones, y de qué modo. Dylan trae a Jerez un espectáculo sobrio, cuya calidad parece innegable, basado en piezas señeras de su extraordinario cancionero intercaladas con recientes composiciones, amén de alguna sorpresa. Cada noche cae alguna perla inesperada, dentro de su cambiante repertorio. Otro tópico al garete: no es verdad que Dylan improvise repertorios, ni que modifique arreglos o estructuras de forma caprichosa. Sale cada gira con un centenar de temas ensayados, algunos enfundados en nuevas versiones, y en función de su humor o actitud, los ordena o desordena a su gusto. Este año suele tocar, entre las diecisiete canciones que canta cada noche, media docena larga de composiciones de sus últimos tres discos y otras tantas piezas esenciales de su discografía. Nunca se sabe.

Con nuevo disco ya grabado, Dylan se reinventa ante su público mientras el mito crece. Tipo listo, siempre supo manejar las claves de su personaje, el Bob Dylan que suplió a un Robert Allen Zimmerman retraído e intuitivo que nació el 24 de mayo de 1941 en Duluth, Minnesota, ciudad minera de los Grandes Lagos, en el seno de una familia de origen judío. Desde muy chico, Dylan siempre ha practicado el "método esponja". Siempre quiso ser Little Richard, otro tópico destrozado: Dylan no quiso ser cantautor para cambiar el mundo. Pero también aprendió, a través de la radio, los entresijos del blues, el country, el folk. Ya en Minneapolis, integrado en el ambiente estudiantil, se decantó por el folk, siguiendo la estela del rebelde Woody Guthrie y aprovechando un momento de decadencia del rock. A los veinte años ya era Bob Dylan, a secas, y un par de discos después cambiaba la acústica por la eléctrica y en plena eclosión de los Beatles, acuñaba el folk rock, un sello único que ha impregnado a medio mundo. Rock y blues, escritura automática, años sesenta a toda velocidad, discos para la historia (desde el folk de Freewheelin hasta el sonido mercurial de Highway 61 y Blonde on Blonde, hasta que el suceso recorrió el planeta. Agotado por las giras, atosigado por los fans, rodeado por las leyendas que jugaron en su contra, sufrió un accidente de moto que lo cambió todo. Aún se duda sobre la certeza de tal suceso, lo cierto es que Dylan, siempre en contramano, se retiró del mundanal ruido en plena vorágine hippy. Salvó el tipo, se borró de la escena para reaparecer con The Band y emprender otro vuelo.

La obra de Dylan, tan variopinta como asombrosa, suele dividirse en etapas, como la obra de escultores o pintores atemporales. (Inciso: Dylan "muere" por Picasso, en realidad es el Picasso del rock). Convengamos en una etapa folk (62-64) que desembocó en el período más fértil y brillante de su carrera (65-66). Luego, supuesto accidente, retiro, retorno sereno al ritmo del country, hasta que en 1974 vuelva a la carretera, firma el grandioso Blood on the tracks, su secuela Desire, y se adentra en su etapa religiosa, trilogía entre el 79 y el 81, nueva mutación y llegan los "Infidels", Dylan en hermosa pugna contra sí mismo, infiel a sus circunstancias. Los ochenta pasan de puntillas, hasta que el resurgimiento del rock le devuelve a la escena. Dylan, una mente fuera de su tiempo, ha sabido envejecer como pocos podían augurar.

España no acogió un concierto de Dylan hasta el verano de 1984, Vallecas. Desde entonces ha visitado con frecuencia este país, con giras más o menos breves, que le ha llevado por once poblaciones españolas. Como las hormiguitas, sin estridencias, Dylan reunirá a más de cincuenta mil personas en la gira cañí. En Jerez preocupa la entrada que pueda registrar Chapín esta noche, la organización espera alcanzar el nivel de asistencia medio, seis o siete mil personas. La venta de entradas, a escaso ritmo, se antojó paralela a la promoción del evento, que no ha brillado precisamente por su presencia e imaginación.

La llegada de Dylan a España, hace un cuarto de siglo, más vale tarde que nunca, coincidió con una etapa de claroscuros. El cantante se abandonó a una secta religiosa, firmó discos desconcertantes en cuanto a letras y sobresalientes en música, hasta que en el 89, su amigo Jerry Garcia, el recordado guitarrista y líder de Grateful Dead, le mostró el camino de la renovación, que plasmó en el disco Oh Mercy, el renacimiento del genio.

En la presente temporada, la banda que luce cada noche es un grupo compacto que borda el rhythm and blues, eje central, junto a toques de country, música standard del siglo pasado, jazz, rock y dosis de folk. Dylan permanece el concierto entero junto a su pequeño teclado eléctrico. En diversos tramos toca la armónica.

A sus 67 años, Dylan no para. Sólo paró a mediados de los noventa por enfermedad. El nuevo siglo mantiene a Dylan activo, respetado ya por todas las generaciones, alzado a los tronos de la literatura musical, oscarizado, coronado Príncipe de Asturias, alabado por todos por sus recientes discos. Modern times, significativo título, un guiño al paso del tiempo y a su adorado Chalin, ha encumbrado de nuevo al artista a la cima de las listas de ventas.

De vida sencilla y excéntrica, ajeno al mundanal ruido, Dylan marea la perdiz de su fama, repudia la fama. Fuentes de la organización desconocen si Dylan pasará la noche en un hotel en su ya legendario autobús negro de campaña, que abrió su gira española en la Expo de Zaragoza. En Jaén intervino de telonero el gran Quique González, aunque en el resto de la gira, incluida esta noche, lo hace Pedro Javier Hermosilla.

Cada espectador podrá ver y escuchar al Dylan que le venga en gana: el Dylan apocalíptico de sus odas primigenias, cuando una dura lluvia iba a caer sobre el planeta; el Dylan salvaje, como un canto rodado; un Dylan reposado que observa desde su atalaya o un Dylan poeta del rock eterno y maestro del entretenimiento, rockero impenitente o crooner de toda la vida. Todos en uno, acaso en una noche única.

1974

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