Lumet, maestro: así se hacen las películas

  • Fallece de leucemia a los 86 años el autor de retratos implacables de la sociedad estadounidense como 'El prestamista' y 'Serpico' · Su última gran obra como director fue 'Antes que el diablo sepa que has muerto'

Hijo del actor teatral judío de origen polaco Baruch Lumet, a quien Woody Allen dio el papel del rabino Baumel en Todo lo que quiso saber sobre el sexo, Sidney Lumet -fallecido ayer a los 86 años en su casa de Manhattan a causa de una leucemia- debutó como actor infantil a los 4 años en los teatros yiddish de Nueva York. En ellos se formó entre 1928 y 1947. Esto le marcó para siempre. La lengua y la cultura yiddish son las de las comunidades judías asquenazí asentadas en la Europa central y oriental, emigradas en gran número a los Estados Unidos, especialmente a Nueva York, a causa de las persecuciones y hambrunas desde finales del siglo XIX. Cuando los nazis exterminaron las comunidades europeas su memoria quedó en gran parte en manos de estos emigrantes que, como el premio Nobel Isaac Bashevis Singer, asumieron el compromiso de preservar lo que los nazis pretendieron aniquilar. El teatro yiddish en el que Lumet se formó dio grandes autores (Leon Kobrin, David Pinski, Sholom Aleichem) de tendencias realistas que influyeron en futuro realizador.

En 1947 se convirtió en director teatral, asumiendo los presupuestos del Actor's Studio y dirigiendo en el off-Broadway a Yul Brinner, Eli Wallach o Rod Steiger. En 1951 debutó como realizador televisivo alcanzando rápidamente prestigio con la serie Danger, escrita por el dramaturgo y guionista Paddy Chayefsky, también formado en el teatro yiddish. Entre 1951 y 1962 se dedicó a la realización de dramáticos, logrando un primerísimo puesto en la edad de oro de la televisión americana. Entre una y otra fecha debutó en 1957 como director de cine al dirigir la versión cinematográfica del drama televisivo escrito por Reginald Rose Doce hombres sin piedad, que había sido emitido en 1954 con realización de Franklin J. Shaffner. El Oso de Oro en Berlín y la nominación a los Oscar parecían prometer una rápida y brillante carrera cinematográfica. Pero volvió a la televisión y en sus siguientes películas -Piel de serpiente, Larga jornada hacia la noche o Panorama desde el puente- no se manifestó, pese a su calidad, el genio que su primera obra prometía.

Una novela de E. L. Wallant, prometedor talento de la literatura judeo-americana prematuramente fallecido, fue su segunda gran oportunidad. Es El prestamista (1964), en la que Rod Steiger interpretaba a un prestamista judío de Harlem que se ha esterilizado emocionalmente para superar los recuerdos del campo de exterminio en el que fue gaseada su familia. Dotado de un fino olfato para la música, gracias a Lumet debutó en el cine con esta película Quincy Jones. Tres años después era el primer compositor negro ganador de un Oscar con En el calor de la noche.

Tras El prestamista, entre 1964 y 1971, dirigió pulcras adaptaciones literarias (La gaviota de Chejov), obras fallidas (Una cita), muy estimables películas de género (Punto límite, La colina) y la extraordinaria Llamada para el muerto, mejor adaptación de John LeCarré junto a El espía que surgió del frío de Martin Ritt. A principios de los 70, cuando su carrera decaía, la remontó con la melancólica y hermosa Supergolpe en Manhattan (1971) y la terrible obra maestra La ofensa (1972), que además acreditaron a un Sean Connery prófugo de la serie Bond como gran actor dramático.

Pese a algún tropiezo puntual, su carrera no conocería ya desfallecimientos en los siguientes 30 años, destacando Serpico, Asesinato en el Orient Express, Tarde de perros, Network, El príncipe de la ciudad, Veredicto final, Un lugar en ninguna parte, La noche cae sobre Manhattan o Antes que el diablo sepa que has muerto, su última y terrible obra maestra rodada a los 83 años.

Una vida plena vivida en su amada Nueva York, en la que rodó casi todas sus películas. Una carrera larga y brillante. Pero algunas sombras. La Academia de Cine de Hollywood no se acordó de él hasta que en 2005 le dio un Oscar honorífico. La crítica, tan dada a aplaudir los saltos estilísticos y los sobresaltos pedantes, no siempre supo apreciar cómo en su obra se fundían artesanía y arte, oficio e inspiración, privilegiándose las líneas de continuidad sobre las rupturas, limando su estilo como un tallador de diamantes del Bowery, mimando a los actores -con él Sean Connery, James Mason, Al Pacino, River Phoenix, Paul Newman, Treat Williams, Peter Finch, John Cazale, Henry Fonda o Rod Steiger lograron algunas de sus más grandes interpretaciones- y fundiendo como sólo los maestros americanos han sabido hacerlo las dimensiones visuales y narrativas de sus películas. Se le podría despedir convirtiendo en aclamación el título de su valioso libro (Rialp, 2002) sobre un arte y un oficio que dominó como pocos: Así se hacen las películas.

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios