Crítica Teatro

Mal día para matar a César

césar

Teatro Romano de Málaga. Fecha: 14 de julio. Dirección y texto: Fernando Sansegundo, a partir de 'Julio César' de William Shakespeare. Intérpretes: Noelia Benítez, Ruth Gabriel, Pepa Gracia, Alicia Lobo, Rocío Marín, Montse Peidro y Fernando Sansegundo. Aforo: Unas 300 personas (casi lleno).

En una ocasión asistió Lampedusa a una representación de Hamlet en Londres en la que todo el elenco iba ataviado con máscaras antigás, y afirmó que no había entendido un pimiento. Algún tiempo después repitió la jugada, también en Londres, con un montaje de la misma obra en la que todos los intérpretes aparecían vestidos como jugadores de golf, y he aquí que el escritor italiano encontró la propuesta reveladora, acertada y repleta de hallazgos. Shakespeare es, ya se sabe, lo que cada uno quiera hacer con él; y si algo tiene de bueno es que a poco que uno lo empuje un poquito ya se lía a hablar. Fernando Sansegundo ha ideado una lectura de Julio César a la que ha dejado en César desde una alternativa interesante, en la que todos los personajes, salvo el protagonista, son femeninos. Así, por ejemplo, Marco Antonio pasa a llamarse Marcia Antonia y Marco Bruto es, por derecho, Marcia Bruto. La jugada implica enormes posibilidades en distintos ámbitos: en lo escénico, la habitual confluencia de testosterona en los montajes de Julio César suele subrayar el carácter marmóreo del que cuesta la misma vida desprenderse hasta hacer de ellos, en demasiadas ocasiones, un soberano tostón; en lo político, que de esto se trata, la vuelta de tuerca en plan what if servía en bandeja, o debía servir, una aproximación al poder y la tergiversación del lenguaje como elemento de dominación (dado que lo uno requiere inevitablemente de lo otro) desde el punto de vista de la mujer, lo que a su vez habría permitido, quién sabe, un dictamen distinto de la Historia y una ampliación notable de la consideración con la que habitualmente se perfilan las consecuencias de las tiranías (bajo una mala política, las mujeres tienen más que perder; y aquí había una oportunidad para explicar por qué). Y sí, bueno, ciertamente este César no se presta mucho a la impostura de la falsa solemnidad, aunque el precio que paga es demasiado alto; y en el segundo aspecto, resulta llamativo que Sansegundo se adjudique la autoría del texto cuando el mismo es notablemente fiel al original de Shakespeare: salvo algunos parlamentos introducidos como refuerzo de la perspectiva de género (que sirven más para confundir que para alumbrar), la tragedia está presente en plenitud durante el largo (larguísimo) desarrollo. Aunque no siempre juega esto a favor de la obra: hay aquí más una declaración de buenas intenciones que un alcance real de lo pretendido en lo que a una exégesis política se refiere.

Pero el verdadero problema de este César se deriva de sus argumentos teatrales; o, para ser precisos, de la dirección, que parece empeñada en tomar decisiones que no funcionan. La distribución del amplio reparto en la escena resulta caótica, inexplicable, mal diseñada y peor aplicada. Las entradas y salidas no guardan orden ni concierto, con una continua sensación de barullo incómodo. La escenografía queda concretada, además de un par de elementos, en seis paneles enormes que, salvo en la muerte de César, no sirven para nada más que entorpecer y estar en medio sin más (o, tal vez, para que las actrices tengan algo que mover). La iluminación se conforma en ir con lo justito (ni un hallazgo, ni un matiz, ni una mínima intención) y la música, que casi no existe, habría hecho mejor en no existir. Las claves interpretativas difícilmente podrían ser menos afortunadas: este César es un artefacto blando, tardío y nada creíble en las réplicas, que a la vez confunde la intensidad dramática con el griterío y el chillido, cansinos hasta decir basta. Lo más triste es que esto sucede con algunas actrices estupendas, aunque cuando Alicia Lobo termina el discurso de Marcia Antonia dando saltitos ante su público a lo David Bisbal, uno no puede más que encogerse de hombros. Qué mal día para ir al teatro.

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