Crítica de Cine

Malos tiempos para la lírica

La profesora de parvulario

Drama, Israel-Francia, 2014, 106 min. Dirección y guión: Nadav Lapid. Fotografía: Shai Goldman. Música: Michael Emet. Intérpretes: Sarit Larry, Avi Shnaidman, Lior Raz, Gilad ben David, Ester Rada, Guy Oren, Yehezkel Lazarov, Dan Toren, Avishag Kahalani. Cine: Albéniz.

Corren malos tiempos para la lírica (también para el humor), aunque la sobreabundancia institucionalizada de encuentros y la abultada nómina de perfopoetas y monologuistas puedan hacer pensar lo contrario. Aquí y en Israel, donde ya ni siquiera los poetas y cómicos combativos de otra época ocupan un espacio visible o audible en la escena política en la que se dirime un eterno conflicto sin aparente solución.

El segundo largo de Nadav Lapid (su debut, Policeman, ya cortaba el aliento en variante godardiana a propósito de las distintas formas de terrorismo) viene a reivindicar la poesía, con mayúsculas, como último gran gesto libre en estos tiempos de barbarie, confusión y ruido, a partir de una premisa que obliga a su espectador a creer en la belleza y el fulgor de la palabra, en su poderosa capacidad para crear imágenes que golpean y sacuden, aunque ésta provenga de un enigmático niño de apenas cinco años.

Pero no es este niño poeta, normal y opaco el verdadero protagonista del filme, sino su maestra, una mujer convulsionada por los hermosos versos de amor adulto de un poema, Hagar (escrito por el propio Lapid en su infancia), que activa su mecanismo interno, una mujer confusa y empecinada en hacer algo con ese pequeño milagro salido del patio de una guardería, empeñada en preservarlo como si de un tesoro o una señal divina se tratara (ese viaje final al monte Sinaí), lejos de la banalidad prosaica de un mundo (el padre, la niñera actriz, el tío, los propios poetas adultos y autocomplacientes) que no puede llegar a entenderlo o que, a lo sumo, tan sólo busca sacar algún provecho de él.

En la primera secuencia, el marido de la profesora, otro personaje más ajeno e indiferente a la poesía, golpea la cámara bruscamente. No se trata de un mero gesto de distanciamiento o de una señal de alerta sobre el propio dispositivo, que se mueve siempre en una dialéctica entre la calma y la tensión: Lapid se aleja y se acerca (a veces en primerísimo plano) a sus personajes siempre en el límite del contacto físico, en un poderoso hallazgo estilístico que traduce visualmente esa frontera infranqueable, esa cápsula de resistencia y libertad del espíritu que es la poesía, la palabra y su misterio.

Esta película también nos recuerda que, en estos tiempos de estulticia, como en otros ya pasados, la poesía siempre fue femenina, incluso en el país con más mujeres en su ejército.

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