Cultura

El Manchester nórdico

  • l Más información en la web www.gotampere.fi/engTampere, a 180 kilómetros de Helsinki, se ofrece como ejemplo de ciudad industrial reconvertida en foro universitario y cultural

Por pereza o ceguera, las personas acaban celebrando únicamente las cosas excepcionales. Quizás por eso el verano lleva esa peculiar alegría a los países del Norte, donde el invierno nunca bromea y mientras dura parece eterno. En sus numerosos espacios públicos, realmente integrados en la ciudad y realmente pensados para su uso, en su pequeño y bonito centro urbano, esa tranquila efervescencia es particularmente llamativa en Tampere, un Manchester nórdico situado a 180 kilómetros al noroeste de Helsinki, la capital de Finlandia.

Recientemente conectada con Málaga mediante una nueva ruta aérea de una compañía low cost, esta localidad de poco más de 200.000 habitantes, aun así la mayor ciudad interior de los países escandinavos, muestra con orgullo las huellas de su pasado industrial, aprovechado para alcanzar su actual condición de foro universitario y cultural, y su relación con una naturaleza exuberante aunque sin perder la sobriedad.

Frondosos bosques de abetos, pinos y abedules rodean Tampere, que se alza sobre el istmo formado por un par de lagos de enorme extensión, el Näsijärvi y el Pyhäjärvi, los mayores de los dos centenares que hay a su alrededor. Su presencia, que rara vez deja de sentirse, es por sí misma una invitación a la relajación y la demora. Todo lo contrario de lo que supuso en su momento el rápido Tammerkoski, que divide la ciudad desde que el rey sueco Gustavo III la fundó en 1779. La energía de ese torrente ahora amansado propició la proliferación de fábricas de todo tipo, pero sobre todo textiles y de zapatos, en el primer tercio del XIX.

Prácticamente todas ellas quedan en pie y en un estado de conservación óptimo, como recuerdos de aquella Manse, así es llamada cariñosa y coloquialmente, en homenaje a la ciudad de la Revolución industrial inglesa por antonomasia; pero también como sedes de oficinas, galerías de arte, tiendas e instituciones. Y de una inusitada cantidad de museos para todos los gustos, hasta casi cien: desde el dedicado al espionaje, dada la importancia estratégica de la zona durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, al de Lenin, que se relajaba allí por temporadas antes de la Revolución rusa, pasando por el Museo Obrero, un conjunto de casas de la era fabril que conservan su aspecto y mobiliario originales, mostrado por los nativos con tal sentido del camino recorrido que es imposible no volver a admirar la organización social nórdica, por encima de los interesados y cómodos procesos de mitificación en la distancia.

También ha conservado su fisonomía el distrito de Pispala, el único de la ciudad donde queda en entredicho -de manera encantadora- su urbanismo de cuadrícula. Allí perviven, muchas reformadas, algunas otras con el estrago del tiempo bien visible, las casas más típicas, construidas con madera y dispuestas en dos plantas. La afluencia de escritores, músicos y actores la ha convertido en una zona cool (léase por tanto carísima), pero al menos las estupendas vistas no se cobran. Y es que el barrio se asienta sobre una impresionante colina de arena, la más alta del planeta, formada en las primeras glaciaciones.

La arquitectura no es una mala coartada para escaparse unos días a esta ciudad. En este aspecto destacan tanto los edificios religiosos como los civiles, y entre éstos se encuentra la biblioteca pública Metso, con una singular fachada de cobre y granito que adopta forma de cola de urogallo. Fue diseñada por el matrimonio de arquitectos Reima y Raili Pietilä, responsables también de las formas de la iglesia Kaleva, ésta inspirada en el contorno de un pez y cuya modernidad sigue sorprendiendo a pesar de haber sido construida hace casi medio siglo. Muy diferente, la Catedral responde a los patrones del estilo jugend, la encarnación finlandesa del art noveau.

En el interior de templo, decorado con unos frescos de Hugo Simberg, puede observarse una curiosa coincidencia. La que vincula El ángel herido, un cuadro de este pintor simbolista, con uno de los planos de la película Un hombre sin pasado, de Aki Kaurismäki, probablemente la figura de la cultura finlandesa más conocida internacionalmente, junto al escritor Arto Paasilinna y por supuesto Jean Sibelius, éste directamente héroe nacional y símbolo de este país de poco más de cinco millones de habitantes donde se inventó la sauna (las hay hasta individuales en las viviendas particulares) y en el que el agua y los bosques ocupan el 70% de su superficie, algo que tan bien supo reflejar el compositor en esas piezas que sugieren la grandiosidad de la naturaleza, no sin una sombra de extraño temor.

La vida cultural es una parte fundamental de Tampere, donde se cuentan más de 20 teatros. La afición de sus habitantes al teatro y la danza es más que notable, así como al tango finlandés, una modalidad del género (y hay quien defiende que no es una modalidad, sino su origen) profundamente querida por este pueblo melancólico, serio aunque quizás tan sólo tímido y de humor un poco inglés, como lo definen varios de sus miembros. En verano son características las actividades al aire libre, por ejemplo el Festival Internacional de Teatro, del 3 al 7 de agosto. El Jazz Happening, otro de sus cuidados encuentros, llega más tarde, del 4 al 7 de noviembre, y es en esos momentos del año, de otoño a invierno, cuando se desarrolla la temporada cultural fuerte de la ciudad.

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