Marc Chagall Memoria recobrada

  • El Museo Ruso inaugura hoy su exposición temporal dedicada al maestro del color y a los contemporáneos que compartieron con él inspiración, historia y destino

Fue en 1972 cuando Marc Chagall (Vitebsk, hoy Bielorrusia, 1887 - Saint-Paul de Vence, Francia, 1985), condenado al ostracismo por la Unión Soviética a causa de su negativa a plegarse al realismo socialista, tuvo ocasión de regresar a su país. Aprovechó para reencontrarse con sus hermanas, con las que siempre mantuvo contacto por correspondencia, en Leningrado, hoy San Petersburgo. Y, de paso, pudo visitar el Museo Estatal de Arte Ruso de la misma ciudad, donde, según le habían informado, se custodiaban algunas de sus obras más tempranas. Chagall llegó al museo y de inmediato preguntó por "la ventana" (Vista a Vitebskdesde una ventana, 1908). Y sí, allí estaba. Pero el pintor se llevó una de las sorpresas de su vida cuando encontró en la pinacoteca Paseo (1917), el lienzo en el que el joven pintor se recreó a sí mismo junto a su amada esposa Bella: sobre un paisaje de ensueño, con la misma Vitebsk al fondo en una confluencia de verdes salpicada por el rojo de una deliciosa naturaleza muerta a modo de picnic, ambos van de la mano; ella alza el vuelo, sostenida aún por su marido, mientras él guarda en la otra mano un pájaro para hacer bueno el dicho más vale pájaro en mano que ciento volando, popular tanto en ruso como en castellano. Al reencontrarse con aquel cuadro que daba por perdido, Chagall lloró de emoción. Como lloró al descubrir algunas viejas escenografías realizadas para el teatro judío de su pueblo, y que también creía disueltas en el polvo (de paso, dado que aquellos telones no estaban firmados, Chagall accedió a dejar en ellos su rúbrica; pero lo hizo con la fecha de 1972, en un significativo guiño al destino). Aquella visita habría de ser inolvidable para Chagall. Y ahora, quién lo diría, también lo es para Málaga.

Chagall y sus contemporáneos rusos, la exposición que se inaugura hoy a las 20:00 en el Centro de Colecciones del Muso Ruso de San Petersburgo, en Tabacalera (donde podrá verse en un órdago por derecho junto a otras dos nuevas muestras temporales que también se inauguran hoy: Resistencia, Tradición y Apertura. Arte Ruso de las últimas cuatro décadas y Cervantes en la Colección del Museo Ruso) encierra un relato de hallazgos similares, de obras que durante mucho tiempo se dieron por perdidas y para las que en algún momento inesperado la Historia se mostró favorable a la hora de conceder la absolución, tesoros devueltos a la luz después de décadas de paños, baúles y ocultación. Evgenia Petrova, verdadera alma mater del Museo de Arte Ruso de San Petersburgo y comisaria de la exposición, acompañó a Chagall en aquella visita de 1972 y ayer en la presentación a los medios dio buena cuenta de la abundancia de aquellas lágrimas. En su memoria, y como ejercicio contrario al olvido al que tan fundamental episodio de la Historia del Arte estuvo condenado durante tanto tiempo, la exhibición, tal y como indica su título, aborda a través de cerca de 60 obras a Chagall y otros catorce de sus contemporáneos rusos, como Robert Falk, Nathán Altman y Vera Péstel, creadores con los que compartió inspiración, siglo, paisaje e identidad judía. El propio Museo Ruso de San Petersburgo aporta gran parte de las piezas, aunque en esta ocasión ha colaborado con diversas colecciones privadas en una estrategia, como explicó Petrova, forzada por la necesidad y los mismos sucesos históricos que afectaron a Chagall.

La decisión de brindar al genio del color (de quien se presentan aquí dieciséis obras, incluidas, sí, la Ventana y Paseo) con algunos de sus aliados y colegas responde a la oportunidad de poder mirar a Chagall enmarcado en una posible tradición judía en la Rusia del siglo XX: "Durante el siglo XIX, los judíos vieron mermados sus derechos en el país con efectos determinantes", apuntó ayer Petrova. "Por ejemplo, sólo podían residir en ciudades de provincias, a no ser que fuesen médicos o abogados. La educación artística les estaba por lo general vetada. Pero entre finales del siglo XIX y principios del XX aparecieron diversos artistas judíos que acordaron unirse para acabar con esta invisibilidad, lo que se tradujo a su vez en cierto esplendor del arte ruso ya entrado el siglo XX. Y entre estos artistas se encontraba Chagall", señaló igualmente la comisaria. Algunos de estos artistas se integraron después en colectivos como La Sota de Diamantes, al que el Museo Ruso de Málaga dedicó su anterior muestra temporal y con el que el mismo Chagall colaboró en algunas exposiciones primerizas. El esplendor creció hasta conquistar París, pero el resto es bien conocido, con dos guerras mundiales y, entre ambas, el dictamen por el que se prohibió en 1932 en la Unión Soviética cualquier expresión artística distinta al realismo socialista, consagrado como único arte oficial. "Las obras de aquellos judíos desaparecieron de las colecciones oficiales, y entre los coleccionistas privados cundió el miedo a que se supiera que conservaban las suyas, así que en su mayoría las escondieron e hicieron creer que ya no las tenían", indicó ayer Petrova, que argumentó así ayer la necesidad de colaborar con los coleccionistas que se habían sobrepuesto a décadas de guerra y persecución ideológica para guardar semejantes tesoros, un empeño que en los museos estatales como el de San Petersburgo era directamente imposible. Tan aguda fue la reserva entre los privados a dar a conocer las creaciones que albergaban en sus casas que, de hecho, algunas de las obras que integran Chagall y sus contemporáneos rusos no han sido nunca expuestas al público y lo harán hoy con la inauguración en Málaga por primera vez. Así es como la memoria se convierte en arte; del mismo modo, la Historia se hace, por una vez, presente.

La mayoría de las dieciséis obras de Chagall incorporadas a la muestra son posteriores a 1914. Para entonces, el artista ya era un pintor respetado y cotizado en París, pero el estallido de la Primera Guerra Mundial le hizo volver a Vitebsk. Allí se casó, creó su propio hogar junto a la casa de sus padres y se dedicó a pintar estampas familiares y pintorescas, propias de la vida cotidiana en el pueblo. Así sucede en Tienda en Vitebsk (1914), en el que Chagall recrea la propia tienda de su padre, y en el que un personaje que abre una puerta en el extremo del lienzo "sugiere ya el principio de un cuento, de una narración; y es que todo en Chagall es relato y fantasía, tal y como se le reconoce, pero a la vez es mucho más", subrayó ayer Petrova. Las escenas familiares se suceden con Padre y abuela (1914), El patio del abuelo (1914) y Mariásenka. Retrato de la hermana del artista (1914; Mariásenka, por cierto, está representada también en otro cuadro anterior, de 1907); pero tampoco faltan los personajes comunes de Vitebsk, inmortalizados en Barrendero (1925), Soldados con panes (1914-1915) Viejo barbero (1914) y las dos representaciones de judíos: Judío en rojo (1914) y Día de fiesta (Rabino con limón) (c. 1925). En Los amantes azules (1914) comparece un Chagall ya pródigo en el dominio del color como trasunto de las pasiones, pero es en Paseo (1917) donde la ensoñación liberada en el centro de un mundo empeñado en destruirse alcanza el mayor fervor de la belleza. El mobiliario de una de las habitaciones de la casa familiar de Vitebsk, donada al Museo Ruso de San Petersburgo por las hermanas de Chagall hace veinte años, completa el proyecto expositivo (dando un tanto la razón a Kafka, por aquello de que todo hombre guarda una habitación dentro) con otros cuadros como el Autorretrato (1911) de Nathán Altman, Tía Sasha (1922-1923) de David Shtérenberg y Retrato de un desconocido (1918) de Róbert Falk. Y la memoria se complace.

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