Memoria del paraíso imposible

  • 'National Geographic' presenta en su libro de reportajes 'España, 1910 a 1937' un impagable recorrido sobre la Málaga de 1924 a ojos del asombrado viajero Harry A. McBride

La estación de ferrocarril de Bobadilla debía ser poco más que un sequeral. Pero el viajero Harry A. McBride, que en 1924 realizaba un amplio periplo entre Granada y Gibraltar que serviría de material para un reportaje en National Geographic, ya se mostraba asombrado al contemplar "tres mesas muy largas que se extienden en la sala de suelo embaldosado, con manteles de un blanco brillante, jarrones de alegres flores, platos llenos de frutas tentadoras y servilletas impecables enrolladas en espiral dentro de las respectivas copas para el vino" en el comedor de la estación. Aquél sería el paso previo a su llegada a la capital, un episodio rico en detalles y felizmente recuperado en el libro España, 1910 a 1937, recién publicado por la influyente sociedad norteamericana, que incluye diversos reportajes ricos en detalles y fotografías realizados en el citado plazo. En el caso de Málaga, los elementos pintorescos son los que suscitan la feliz entrega de un investigador en su salsa.

Tras un retraso de noventa minutos ("en los trenes andaluces no predomina, en general, especial prisa por llegar al destino"), y después de atravesar "las hermosas villas" de Álora (en cuyos campos, junto a los montones de naranjas y limones, "hay mujeres y niñas sentadas que envuelven cada fruta con papel suave y las meten en cajas para que las embarquen hacia Londres, con destino a los fabricantes de mermelada de Dundee") y las "casas veraniegas" de Churriana, McBride llega al fin a Málaga, a la que define como "ciudad de sol, risas y música" y "quinta capital de España". Pronto, el viajero se deshace en halagos: "La madre naturaleza ha prodigado atenciones a este lugar precioso. Sólo llueve 52 días al año, y los demás 313 están bendecidos por un sol brillante, templado en verano por frescas brisas marinas". El Puerto acapara en gran parte la atención de McBride, tanto por sus productos como por su actividad, deudora aún de la gran eclosión industrial del siglo XIX: "¿Dónde podría encontrarse otro lugar que proporcione tal variedad de cosas suculentas? Durante los meses de otoño todos los atracaderos están ocupados, y los vapores esperan su turno en el Puerto exterior. Los muelles están abarrotados de cargamento. En uno pueden contarse 12.000 cajas -200 toneladas- de almendras todas peladas y a la espera sólo de que las escalden para salir en un vapor con destino a Nueva York".

Con respecto a los personajes pintorescos, el cenachero es el que gana más esmero en su descripción: "Los pescadores bajan trotando con gracia por las callejuelas mientras anuncian su mercancía. Llevan dos cestas planas atadas a una cuerda que les rodea los hombros y es lo bastante larga para permitir que las cestas oscilen a unos treinta centímetros del suelo. Mantienen en todo momento los brazos en jarra y la cuerda sostenida hacia fuera por los codos, a fin de que las cestas no les golpeen contra las piernas". De las jábegas le resultan curiosos "los ojos pintados a cada lado de la proa. Estas gentes tan sencillas son supersticiosas y dudan que un bote pueda ver un banco de peces si no tiene ojos".

De la Semana Santa destaca las "impresionantes" procesiones, que "compiten estrechamente y tal vez superen, como mínimo en solemnidad y decoro, a las de Sevilla". Y no se despide McBride sin un apunte profético: "Salvo calle Larios, las otras calles comerciales son angostas y serpenteantes, y de muchas no se puede decir que estén limpias". Debería volver ahora.

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