Michèle Noiret lleva al Cánovas su poesía en movimiento

  • La discípula de Maurice Béjart y Karlheinz Stockhausen, una de las coreógrafas más respetadas de Europa, presenta hoy y mañana 'Habitación blanca', estreno nacional

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Hay oportunidades que se pintan únicas. La belga Michèle Noiret es una de las bailarinas y coreógrafas más respetadas de Europa, merced a una trayectoria que, a pesar de su juventud, la ha encumbrado a lo más alto de la Historia de la danza contemporánea por derecho propio. Formada en la escuela Mudra de Maurice Béjart, miembro del Comité Artístico del Centro Nacional de Danza de París y asociada al Teatro Nacional de Bruselas, Noiret trascendió especialmente a partir de los trabajos sobre movimiento y música que realizó junto al compositor alemán Karlheinz Stockhausen, recientemente fallecido. La coreógrafa adaptó la obra Tierkreis del gran gurú de la contemporaneidad, escrita para clarinete, flauta y flautín, primero en 1997 y posteriormente en 2001 en el aplaudidísimo espectáculo Twelve seasons, que sentó las bases de la actual investigación escénica sobre los recursos poéticos de la tecnología. Noiret ha sido la tercera mano que empleó Stockhausen para hacer de la danza un argumento musical en el mismo orden y eficacia que el sonido y Málaga tendrá este fin de semana la gran oportunidad de comprobarlo: la coreógrafa presenta hoy (a las 21.00) y mañana (a las 19.30) en el Teatro Cánovas (Plaza de El Ejido) con carácter de estreno nacional su último montaje, Habitación blanca, nueva y magistral vuelta de tuerca a la poesía en movimiento.

Esta Chambre blanche, protagonizada por Noiret junto a otras tres bailarinas de su compañía, con música de Todor Todoroff y Stevie Wishart, presenta a tres personajes en un espacio cerrado que continuamente evoca realidades externas, paisajes que se intuyen pero no se materializan. La coreografía representa una metáfora de la creación: los gestos de las cautivas van perfilando poco a poco un mundo, el suyo propio o la contingente plataforma que sostiene todo lo tangible. Se trata de una lectura poética no sólo de la danza, sino de toda actividad artística como modificadora del entorno. La paradoja que encierra se revela en la consideración de las bailarinas como contenedoras de ese mundo, por encima del espacio en que se desenvuelven. Noiret incluye esta propuesta, de hecho, en la introspección de personajes coreográficos que ya desarrolló en anteriores trabajos como Sait-on jamais? y Territories intimes: desde cierta intuición stanislavskiana, la coreógrafa persigue la identificación del bailarín con el personaje que defiende, e incluso pretende suscitar la expresión de una parte profunda del yo de sus intérpretes. Los bailarines de la compañía de Michèle Noiret nunca son intercambiables. El espectador asiste a una desnudez en esencia, imprescindible para que la danza ocurra.

Al contrario que en anteriores espectáculos, Habitación blanca carece de recursos tecnológicos interactivos de imagen y sonido. La acción se despliega desde una mesa como único punto de partida para el movimiento. Sin embargo, la coreografía remite al universo de Noiret y a sus referentes cinematográficos, como David Lynch y especialmente Tarkovski, de quien la artista tomó prestado el lema que guía su dedicación: "La finalidad del arte es iluminarse a uno mismo y a los demás sobre el sentido de la vida". Mucha luz para Michèle Noiret.

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