Entre la Navidad y la vida eterna

y con Jesús, el niño siente una antigua sed. (P.G.B.)

Conocí personalmente a Pablo García Baena en el verano del 51 en el Casino Gaditano, en un concierto de José Cubiles, y luego le oiría leer poesía por vez primera en ese mismo otoño en el sevillano Club La Rábida en el que compartió cartel con Ricardo Molina y Julio Aumente. Aún me suena en el oído, como en una caracola, aquel verso en que llama a la luna azor de la nocturna cetrería. Seguirían muchos años de fidelidad en la amistad y en la poesía que nada ni nadie lograría empañar. Reconstruir todos esos años, muchos de los cuales pasé yo en el extranjero, daría para muchos libros, y de hecho no faltan algunos en los que aparece la figura de Pablo, ya sea en el entierro de Juan Ramón, en el homenaje a la Niña de los Peines, en el suyo del Alcázar de los Reyes Cristianos, en el de Cernuda en el Alcázar de Sevilla, y no hablemos de documentos gráficos en Córdoba, en Málaga o en Sevilla. No hablemos tampoco de las revistas en las que convivimos: Cántico, Ínsula, Platero, Caracola, ni de todos los amigos poetas o pintores que tan próximos nos eran y nos irían dejando: Ricardo, Quiñones, Del Moral, Vicente Núñez y tantos otros.

No voy a hacer aquí, en esta semblanza de urgencia, un análisis de esa poesía que tanto me acompaña y sobre la que todo lo ha dicho ya y con gran discernimiento Fernando Ortiz. Sólo diré que es la suya una poesía para todas las estaciones: desde ese juvenil erotismo de finales de primavera hasta esas fiestas hogareñas de castañas asadas y frutos de sartén de sus gozos navideños. Aun así, no tengo más remedio que decir algo sobre aquella parte de la inmensa y densa obra de Pablo con la que estoy más en sintonía, una obra en la que me reconozco y le envidio cordialmente, y es la que se centra en torno al libro Antiguo muchacho, en uno de cuyos poemas, La Huerta de la Cruz, pensaba muy probablemente Pablo en la conversación anteriormente referida: "Las coles ostentan orgullosas / la pompa de sus hojas de un morado litúrgico...". Y es que ese libro no sólo me devuelve en cierto modo la infancia, sino también unos años de juventud, la mía y la de otros poetas, pues hay otro poema en ese libro, El puesto de la leche, detrás de lo que escribí sobre la boda de Fernando Quiñones en Grandes faenas. Son muchos los momentos felices que ese libro evoca para mí, momentos felices vividos con los poetas de mi tiempo. Por ejemplo, cuando leo El Corpus no puedo menos de pensar -"Recuerdo aquel aroma de las hierbas pisadas..."- en un día del Corpus en Sevilla camino de Moguer de la Frontera cuando, como también he referido, Pablo, Fernando y otros poetas y amigos llegados de Madrid y de Córdoba, acompañamos a Juan Ramón y Zenobia a su última morada. Hay otro Antiguo muchacho, que es el que cierra esa joya que es los Gozos para la Navidad de Vicente Núñez, y en el que seguramente se fijó Fernando Ortiz para señalar en Pablo una influencia de Agustín de Foxá, poeta por el que siento una especial dilección.

De la muerte de Pablo en la tarde del pasado domingo no tuve noticia hasta la mañana de ayer. Mi primer impulso fue llamar a María Victoria Atencia, a quien tan unido estuvo y con quien tantas alegrías compartimos; apenas colgué el teléfono no he hecho otra cosa que acudir a sus libros, "trufados" casi todos ellos, como decía Joaquín Romero, de cartas y postales suyas, la última mecanografiada y firmada con temblorosa letra de molde. Todo lo escrito por él está tan vivo, que me ha hecho recuperar todo un pasado entrañable, que me hecho rejuvenecer, siendo como es esa fuente de eterna juventud en que aplacar "la sed de eternidad que hace al poeta". No hace tantos días que me llegó su último "gozo de Navidad", ese tarjetón mecanografiado aludido más arriba, con el eco de su voz dictándolo, aún vivo en nuestra última conversación telefónica. Todo el que viva poéticamente, como decía Hölderlin, tiene a la fuerza que creer en los milagros. La religiosidad de Pablo estaba tan fundida con las creencias y las devociones populares que, más que un poeta creyente, era un poeta devoto, y pocos milagros hay tan gozosos como el de la Navidad, sobre todo si se contempla, y estoy seguro que así él lo hizo, como antesala de la vida eterna.

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