Odette ha dejado de sufrir

Ballet del Teatro Nacional Ruso de Moscú. Teatro Cervantes. Fecha: 8 de enero de 2011. Coreografía original: Marius Petipa y Lev Ivanov. Música: Piotr Ilich Tchaikovsky. Aforo: lleno (unas mil personas).

Cuando uno piensa en El lago de los Cisnes lo hace, inevitablemente, en términos de espectacularidad. El clásico por antonomasia de la escena dancística contiene tanta carga estética, expresiva e intensidad dramática que el resultado en cualquiera de sus propuestas se presupone, cuanto menos, impactante. La pugna entre la bella Odette, desgraciada y abocada al tormento, y el príncipe Sigfrido, condenado a un amor imposible ofrece argumentos coreográficos suficientes para la teatralidad. De ahí que resulte extraño salir del Teatro Cervantes con la sensación de haber asistido a un remedo de la obra maestra de Tchaikovsky. El Ballet del Teatro Nacional Ruso de Moscú llegó ayer a Málaga dispuesto a demostrar la validez de un montaje intachable en su composición visual y sonora. Lástima que la formación careciese de la profundidad interpretativa y la perfección técnica que se requería para provocar una unánime ovación.

Mientras el cuerpo de baile -demasiado joven para haber entender un melodrama semejante- intentaba durante dos horas y media de encarnar a damiselas y cisnes elegantes y sinuosos, sus anatomías circulaban en dirección contraria. Ni en el jardín del castillo ni en la orilla del lago llegaban a creerse del todo el papel que le había tocado ejecutar. Inexpresivas en algunos momentos y descoordinados en otros, ellas y ellos pedían a gritos más horas de ensayo para parecerse, aunque solo fuera de lejos- a sus compatriotas del Bolshoi.

Valga una de las dos estrellas para -desgraciadamente- uno de los secundarios. El bufón de la corte, divertido y socarrón hizo gala de su agilidad y dominio de la situación con ese rol bisagra entre el apuesto príncipe y el resto de la corte. Convencía en cada uno de sus movimientos y se mereció al menos que los dos protagonistas le hicieran algo de sombra. Pero ni Sigfrido ni Odette supieron estar a la altura de las circunstancias. La actitud inerte del primero y la excesiva cordialidad de la segunda aparcaron cualquier atisbo de emoción en sus fisonomías. Mientras sus rostros dejaban pasar de largo la alegría del encuentro, el dolor de la despedida, la desazón del enamorado o el presagio de una muerte anunciada, sus cuerpos hablaban de pasos memorizados.

Por fortuna, otro secundario, el hechicero Rothbart aparecía en escena para deslumbrar con sus jetés, su poder de seducción y hacer gala de toda la maldad que se le presupone.

Tras el descanso, aguardaban los actos más convulsos de la trama, cuando entra en escena Odile, ese cisne negro, sosia perverso de Odette, manipulador y farsante sobre el papel, que en las tablas se limitó a reproducir la misma actitud que su bondadosa versión original.

La pasión letal de los amantes se redujo a una adaptación comedida del clásico. La acertada coreografía de Marius Petipa y Lev Ivanov salvó al Lago de los Cisnes de la sequía, pero al Ballet del Teatro Nacional Ruso de Moscú le faltó profundidad en sus aguas. El programa de mano hablaba de una formación joven y prometedora, y la realidad de ayer tan solo subrayó el primero de los calificativos. En el imaginario colectivo los cisnes son etéreos.

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