Crítica de Música

Oiga, que eso no es jazz (y qué narices)

Dave Holland, el domingo, en su concierto en el Cervantes. Dave Holland, el domingo, en su concierto en el Cervantes.

Dave Holland, el domingo, en su concierto en el Cervantes. / daniel pérez / teatro cervantes

Abrió la nueva gira con su trío Dave Holland el pasado domingo en el Teatro Cervantes y demostró de sobra que, a estas alturas, con los 71 años cumplidos, tiene muy poco que demostrar y menos aún que aparentar. Al contrabajista británico la fusión le ha pillado de lleno desde el Bitches Brew de Miles Davis, pero en sus últimos proyectos, con mayor o menor sintonía respecto a la world music, parecía delatar cierto brillo de nostalgia, como una introspección que quisiera desandar el camino y anclarse, de una vez, en la desnudez del sonido, cual utopía resolutiva para un fin de carrera. Nunca ha sido Holland hombre de purezas, sobre todo en lo que a géneros se refiere (los cruces de caminos han constituido siempre el territorio que mejor ha pisado); pero sí, tal vez, de la mano de aliados como John Scofield, ha podido abrigar en más de una ocasión durante los últimos lustros la aspiración de un clásico. Pues bien, si desde hace un par de décadas, casi en paralelo a lo anterior, el trabajo desarrollado con el guitarrista Kevin Eubanks constituía una suerte de reserva para la mayor inspiración de la fusión, resulta que el trío con el que compareció Holland en Málaga, completado con el batería Obed Calvaire, es todo un trallazo: una expresión de libertad absoluta en la que Holland se reafirma en todo lo que alguna vez ha sido y, más aún, en lo que todavía quiere ser.

Abrió fuego el protagonista con una serie de armónicos que fueron desarrollándose progresivamente hasta la plenitud de la nota. Y semejante principio ofreció un marco bastante significativo de todo lo que sucedió después, con tres músicos excepcionales empeñados en aportar al sonido su mayor músculo, su dimensión más tónica. Para ello, Holland no dudó en armar un paisaje que dialogaba constantemente con el rock, con aluviones que parecían remitir lo mismo a la Mahavishnu Orchestra que directamente a Led Zeppelin. Eubanks reafirmaba el asunto con sus poderosos riffs (sacudidos a menudo a base de slaps) sin pudor alguno, pasándoselo en grande, con un Calvaire épico en los finales a pesar de contar con un instrumento canónico en sus hechuras (hasta dónde habría cundido el incendio de haber añadido otro bombo). Mientras tanto, Holland tiraba de oficio y gusto para regalar más que notables ejercicios de virtuosismo y hacer hablar a su contrabajo entrando y saliendo del tono a placer, pero siempre en su sitio, preciso y limpio a pesar de la tormenta eléctrica que estaba cayendo. Aunque no faltaron arquitecturas más diluidas, resultaba divertido ver al público moviendo la cabeza hacia adelante y hacia atrás en sus butacas. Y habrá quien diga, claro, que todo esto está muy bien, pero no es jazz. Lo difícil es sostener todavía que algo puedeno ser jazz, pero ante todo sale a relucir la pregunta: ¿Y qué narices importa? La Némesis de Eubanks fue la última parada de un viaje alucinante. Nadie dijo la última palabra.

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