Pájaros de alas rotas: el prisma de la opresión

  • Steve McQueen prolonga su radiografía de la existencia con '12 años de esclavitud', premiada en Toronto y con estreno en diciembre

Es posible que existan pocos directores con la fórmula eficaz para alcanzar, con calidad y técnica, al gran público, algo que bien se permitieron maestros de la (enorme) talla de John Ford y Stanley Kubrick. Steve McQueen, además de compartir nombre con el magnífico Nevada Smith, es uno de los directores más injustamente aparcados de la actualidad, que posee una escasa filmografía con dos cintas (Hunger y Shame), ambas obras cumbre del cine moderno.

Hunger humaniza dentro de lo posible, a cierto preso integrante del IRA que fundamenta sus crímenes en algo más de lo que se le ha estado vendiendo al mundo. Al mismo tiempo, procede a narrar con efectismo la crueldad que empaña su existencia, no sólo con lo que a los demás respecta, sino con lo que respecta a sí mismo. Se propone una dura dicotomía en la que el protagonista podría querer morir de hambre no sólo para reivindicar su posición, sino para arrebatarle el control sobre su vida a los demás. En cierto modo, en ello radica el hambre referenciado en el título: hambre de vida. Desea sentir la capacidad de tomar una elección que nadie pueda alterar en función de sus ideas y de su pasado. Fassbender, que realiza un esfuerzo titánico por aguantar la extrema delgadez de Bobby Sands, que murió tras pasar 66 días desde el comienzo de su huelga de hambre, enmarca para la posteridad un rostro repugnante, horrorizado por la muerte, pero en paz por cometer, tal y como él esperaba, una acción bajo su propia voluntad.

En una de las escenas más representativas de la película, Sands discute con un párroco sobre la fundamentación de dicha huelga de hambre, de cómo algo semejante sería un obstáculo para la diplomacia. A través de una anécdota infantil en la que Sands recordaba haberle dado muerte a un potrillo herido, mientras los demás niños pensaban en una decisión, el personaje interpretado por Fassbender llega a la conclusión de que la diplomacia no es más que una cháchara incesante que ni solucionaría el problema ni equipararía el sufrimiento de Sands en los pasados cuatro años de condena en prisión. Para él, morir representa una evasión de ambos, que a su juicio, podría cambiarlo todo para las generaciones venideras. Es durísimo contemplar como el ser humano se hiere a sí mismo mientras lucha por morderse las cadenas que le apresan. La desagradable atmósfera que ejecuta McQueen a través de este filme se debe tanto a la suntuosidad de los planos con los que trabaja, como a la percepción a la que se ve obligado a recurrir el angustiado espectador al suprimir (con realismo) cualquier tipo de conversación meramente banal.

Shame no abandona, ni por asomo, los síntomas de opresión que se despliegan con Hunger. Nunca antes el sexo había sido tan poco morboso, tan monótono ni tan frío como el que se propone en esta apabullante obra sobre la adicción al sexo. El de nuevo protagonista Fassbender construye una interpretación enérgica alrededor de un personaje que intenta disfrutar de un vicio que acabará desestabilizando su vida. En su rostro se comprende el dolor, no la pasión; la depedencia, no la lujuria. No se trata de sexo sin amor; es sexo sin sexo. McQueen se asegura de perpetrar un alarde de lírica visual a través de secuencias explícitas narradas con la fuerza suficiente como para destrozar a un espectador que está viviendo la destrucción de un hombre. La relación que mantiene con su hermana recuerda a la errónea animadversión existente entre las dos hermanas de El silencio de Ingmar Bergman. La frialdad es masticable, y el único motivo de dicha relación parece ser que la cercanía de uno invade el espacio del otro. La profundidad de los planos puede incluso parecer extremadamente similar. A través de ella se idealiza el distanciamiento del protagonista, tanto con los demás como con lo que realmente querría poder ser.

El 13 de diciembre se estrenará en España la tercera película de este talentoso y apasionado realizador, titulada 12 años de esclavitud y ganadora este domingo del Premio del Público en el Festival de Toronto. que narra los infortunios de un músico negro secuestrado y revendido como esclavo a mediados del siglo XIX en la América profunda. Para ello, McQueen (con la ayuda en producción de su propia esposa, Bianca Stighter) cuenta con un reparto de lujo, donde repite su colaboración con Michael Fassbender y añade a un Chiwetel Ejiofor que huele a Oscar, así como a uno de los grandes descubrimientos británicos de los últimos años, que ya ha atormentado con Star Trek: En la oscuridad y maravillado con Sherlock: Benedict Cumberbatch, además de un Brad Pitt que navega sobre el momento más álgido de su carrera. Pese a no haber logrado llegar al gran público con sus dos anteriores cintas, cuyo carácter explícito y realista haya podido cerrarle algunas puertas, Steve McQueen ha obrado una filmografía donde reina una filosofía visual enconmiable, porque, ya sea un preso, un adicto o un esclavo, el hombre quiere que la vida signifique la libertad.

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