Palidez de las sombras

Ante una película como The Spirit, el primer gran escollo del crítico consiste en proclamarse ajeno al universo gráfico y narrativo que ésta remueve, primer gran anatema para todos aquellos aficionados que esperan siempre de estos traslados una nueva oportunidad de ver satisfechas, o no, sus expectativas respecto al culto original.

Ante todo, un servidor ha de confesarse poco sensible a las formas del cómic que aquí se promueven desde la fidelidad al texto y la recreación digital del universo noir de la historieta gráfica de Will Eisner. Poco sensible también a ese necesario ejercicio de regresión que, a mi entender, requiere toda la parafernalia que ponen en juego este tipo de productos de (falseada) adscripción popular.

Es así que, quedando uno fuera del juego al que parece llamar The Spirit, no queda otra que contemplar con paciencia qué elementos han podido hacer de esta cinta un objeto cinematográfico interesante. Y he aquí que su supuesta originalidad estética ya fue conquistada antes (en su mismo mal gusto) por Sin City, de Robert Rodríguez a partir de un original de Frank Miller. Y he aquí también que The Spirit se desploma en su propia hipertrofia al servicio de una historia de superhéroe urbano en clave de filmnoir existencial capaz de aburrir al más entregado a los clichés del género. Las viñetas-escenas se suceden sobre el tono tragi-cómico y el trazo grueso de los estereotipos, héroes, villanos, femmes fatales y ayudantes, y un sentido de la narración autocomplaciente que quiere hacerse fuerte en las interminables escenas de diálogo/monólogo para escamotear acción, movilidad y aventura en un intento de dotar al producto de un pretencioso toque adulto. Cine negro de autor, The Spirit acusa una considerable endeblez argumental, una insufrible fatiga narrativa y una escasez de nuevas ideas cinematográficas que la condenan a convertirse en una parodia de sí misma o, como mucho, en una inocente pasarela de cuerpos femeninos para la fantasía y el pecado.

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