Picasso en el corazón

  • El historiador Pons Prades se acerca en 'Las guerras de Picasso' a la faceta más comprometida del pintor y, entre anécdotas y recuerdos, bucea en su intimidad

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La primera vez que el historiador y soldado republicano Eduardo Pons Prades oyó el nombre de Pablo Picasso fue en el otoño de 1937, en el frente de Guadarrama, en una de las charlas cerca de las trincheras que solía pronunciar el poeta Rafael Alberti. Un año después Pons fue herido en Barcelona y en 1939 pasó a Francia y se sumó a la Resistencia. La primera noticia directa sobre el pintor malagueño la tuvo en 1945 a través del artista Celso Amieva, compañero suyo de la guerrilla en Carcasona. Picasso había encargado a Amieva que viajara por Francia en busca de los huérfanos españoles que habían cruzado la frontera. El pintor logró acoger en una finca, cerca de Pau, a 300 niños desvalidos. Picasso asumió su mantenimiento mediante aportaciones económicas canalizadas a través de una delegación del gobierno republicano en el exilio. En los años siguientes, hasta la década de los sesenta, Eduardo Pons visitó al menos en cinco ocasiones a Picasso, casi siempre en busca de alguna colaboración con los grupos clandestinos de oposición a la dictadura.

Era lógico que un escritor como Pons, con una biografía fundamentada en la lucha y en el compromiso político, y con un vasto conocimiento personal de la durísimas condiciones que soportaron los exiliados y los luchadores antifranquistas, a la hora de escribir un libro sobre Pablo Picasso se interesara menos por el artista y su pintura que por el hombre fiel al Gobierno de la República que no dudó en prestar ayuda a sus compatriotas dentro o fuera de España.

El resultado de ese interés, que es también un reconocimiento a la sensibilidad del genio, es el libro Las guerras de Picasso, escrito por Pons en los meses inmediatos a su muerte, ocurrida el pasado mes de mayo en Barcelona, a los 87 años. La editorial Bellacqva acaba de editar el volumen. Se trata, pues, de un libro póstumo en el que Pons pone de manifiesto todas las virtudes (pasión, interés, fidelidad a las fuentes orales y pundonor) del historiador directo y comprometido y alguno de lo que podríamos denominar defectos, una construcción excesivamente fragmentaria. Eso sí, la plenitud y autenticidad del testimonio directo suple con mucho los posibles desperfectos estructurales y se convierte en su principal valor.

Las pequeñas historias, las anécdotas, el recuerdo de conversaciones personales mantenidas con personajes como el pintor Josep Renau, autor de los carteles a favor de la República durante la guerra civil, o la interpretación de algunas lecturas forman un libro chispeante, vivo, de lectura fácil, que delinea el perfil político y moral del gran pintor. Al concluir, el lector tiene la impresión de haber asistido a una larga y amena charla en la que Pons ha ido desgranando espontáneamente sus recuerdos: los propios y los de otros a los que conoció y le confiaron los suyos.

Entre ellos, destacan los relativos a sus impresiones directas. Cinco veces visitó Pons a Picasso en sus residencias. La primera, en diciembre de 1958, en Niza, para recoger un dibujo para los actos conmemorativos del vigésimo aniversario de la muerte de Antonio Machado en Collioure. La segunda, en junio de 1960, en compañía de Camilo José Cela y un par de botellas de anís Machaquito con el que obsequiaron a Picasso. El tercer encuentro está datado en febrero de 1962, también con Cela, en busca de los dibujos para el libro Gavilla de fábulas sin amor. La cuarta visita, muy breve, ocurrió un año después, en 1963. Eduardo Pons encontró a Picasso postrado a causa de una crisis de próstata, una indisposición que no le impidió entregar un dibujo alusivo a la primera huelga general de los mineros asturianos. En abril de 1964 se entrevistaron por última vez. El historiador fue comisionado para entregarle una reproducción de la carabela Santa María fabricada por los presos del penal de Ocaña.

También de la creación y exhibición de El Guernica en la Exposición Universal de París en 1937, y de las dificultades que encontró la delegación del gobierno republicano para levantar su pabellón, hay noticias en el libro. Igual que de los vínculos amistosos que salvaron a Picasso de la ira alemana durante los años de ocupación de Francia. Testimonios que añaden luz a hechos históricamente trascendentes pero siempre relatados con el calor de una confidencia. El más tierno de todos, y que el retrata con más fidelidad la formidable humanidad de Pons Prades, es el que reconstruye su encuentro con Charles Chaplin en la finca donde vivía. Acompañado de doce violinistas de la orquesta Maravella Pons decidió sorprender a Chaplin y a su esposa con una serenata en la que interpretaron el tema central de Candilejas. "Con la misma mirada tierna que Charlot tenía, más que con palabras, nos agradeció el breve recital y nos invitó a tomar una copa".

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