Poesía y belleza, o lo que queden de ellas

  • Tras narrar los vaivenes de las relaciones paternofiliales en 'El árbol de la vida', Terrence Malick aborda el amor en pareja en 'To the wonder', que se estrena el 10 de mayo

Desde el nacimiento, al niño le enseñan a apreciar la belleza de la vida; se le invita a vivir en armonía con un mundo oscuro y complejo pero que a través de sus ojos luce como un símbolo de majestuosidad inexplorada. Al madurar, se irá alejando de su admiración por el mundo, mientras observará, atónito e incrédulo, su faceta más desdichada, y durante un tiempo, el miedo a la muerte permanecerá a la sombra del perturbador miedo a la vida. Terrence Malick tuvo tiempo de hablar largo y tendido sobre ese periodo de rebeldía e inconformismo en su cruda Malas tierras y en su reciente El árbol de la vida, un profundo relato sobre la dureza moral del ser humano a la hora de plantearse su existencia, así como su inevitable y trágica muerte. Aquel retrato sobre la indiferencia del hombre ante su final, tan endiabladamente cautivador y osado, ha supuesto un grandioso giro en su carrera. Cierto es que Malick siempre ha ensayado con las emociones de sus personajes, pero es solo en esa densa obra maestra en la que los ha forzado a extremos donde sus sollozos resuenan como cantos a la vida y a la muerte. Desde su atrevida primera mitad, donde despliega su inalcanzable poderío para narrar el origen de la vida, el orden a partir del caos, hasta su conmovedor final, El árbol de la vida relata los vaivenes de las relaciones maternales y paternales, a través de un espectáculo realmente íntimo y personal.

A lo largo de toda su obra, incluyendo la injustamente olvidada Días de cielo, y la lírica antibelicista de La delgada línea roja, ha insistido en que sus personajes creyesen en el cariño de sus familias y de sus parejas, pero es con To the wonder, su último trabajo (junto con otros dos que tiene arrancados), donde trata de reivindicar su trascendente concepción personal del amor.

El idilio de sus protagonistas, Olga Kurylenko, la bella y atractiva actriz ucraniana, de llamativos y enigmáticos rasgos eslavos, y Ben Affleck, manifiesta la pasión platónica, que evoluciona a través del miedo a la soledad, y aparca el amor físico a un lado, para reforzar un vínculo que se basa más en el afecto mutuo, que a un acuerdo meramente sexual. Se trata de una relación que roza lo poético, tan contemplativa que hablar de un amor incansable significa temer más a la muerte del amado, que su traición. Malick parece pretender ligar el amor a la misma dimensión de la naturaleza con la que trabajó en sus anteriores obras. Su universo se basa en crear seres capaces de determinar el origen de su existencia, de luchar por su amor, enloqueciendo si es necesario, siempre y cuando abandonen el mundo conociendo aquello que tienen, y lo fácil que sería que algo se lo arrebatara. Eso les hace sentirse culpables. Es entonces cuando la desesperación sume a sus personajes en una agonía de la que no pueden escapar, pero de la que tampoco pretenden salir; el sadismo emocional de Malick no conoce límites.

To the wonder, que llegará a las salas españolas el próximo 10 de mayo, se presentó en el Festival de Cine de Venecia del pasado año. Como El árbol de la vida en el Festival de Cannes el año de su estreno, las críticas y las opiniones resultaron bastante dispares. No es de extrañar. La obra de Malick, pese a su contundencia y osadía, rompe con las impresiones y los mecanismos del cine convencional. Trabaja con ferocidad, aunque sus relatos sean tan ásperos y emocionantes, pero su necesidad de trascender es lo que lo convierte en el blanco de todas las críticas. Pero el Malick más reciente es también el más lúcido, y sus connotaciones filosóficas son mucho más legibles en sus últimos proyectos.

Se trata de uno de los pocos realizadores que ha plasmado la integridad de la madre, y la sensibilidad del padre de una forma tan dinámica y realista como lo hizo en El árbol de la vida, además de su particular y enternecedor ensayo sobre las relaciones fraternales, y lo dura que es una muerte en cualquier familia, donde el silencio se extiende por todas las habitaciones, y los llantos suponen el único ápice de presencia humana. Tendrán que pasar años para que algún talentoso realizador dé lugar a una obra similar. Por suerte, gracias al odio de unos, y al cariño de otros, la obra de Malick permanecerá intacta, hasta que las generaciones futuras detecten lo que tuvimos, y por qué fuimos capaces de perderlo.

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