Pornografía del dolor

Drama, EEUU, 2012, 97 min. Dirección: Tony Kaye. Guión: Carl Lund. Fotografía: Tony Kaye. Intérpretes: Adrien Brody, Christina Hendricks, Bryan Cranston, James Caan. Cines: Albéniz.

Juntar muchas verdades de procedencia diversa no hace más cierta la concreta verdad que se quiere mostrar. Produce confusión y desvía del discurso central. Juntar muchas tragedias no da una dimensión más trágica al relato. Lo convierte en grotesco. Es lo que le sucede a Tony Kaye (American History X) al abordar su retrato crítico del sistema educativo público americano con una insinceramente grotesca acumulación de desdichas y un estilo inmoralmente retórico y afectado.

La cosa huele a falso desde el principio. Adrien Brody es un buen actor, tiene un rostro expresivo y una mirada perdida en la tristeza. Pero los ha convertido en una máscara. No se puede tener siempre expresión de pianista perdido entre las ruinas de Varsovia. Y la película empieza exactamente así, tras una introducción supuestamente real/documental, con Brody vagando por las calles con cara de pianista de Polanski.

Sigue oliendo a falso cuando se suceden los planos enfáticos, los grandes angulares, los desenfoques, los zoom y los temblores de cámara. Empeora cuando se nos van dando datos sobre el caos del instituto al que Brody llega como profesor sustituto, presentando a alumnos desquiciados y a profesores amargados.

Y apesta cuando la historia se centra en Brody, la inteligente alumna obesa y la adolescente desvalida. Acumular desamor, pederastia, drogadicción, agonía, miserias de la vejez, abandono materno, suicidio, prostitución, autodestrucción y violación en tres personajes convierte, por densificación insincera y efectismo tremendista, lo trágico en grotesco. Con unos intolerables toques de cursilería, por añadidura.

Un buen James Caan no puede hacer nada para salvar este afectado festival de impostura que delata del todo su inmoral superficialidad en las animaciones de los dibujos de tiza. Porque también en la denuncia hay mentira; en las ínfulas autoriales, hueca basura; y en el realismo tremendista, impostura. La peor, porque no se puede tomar el dolor en vano.

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