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"Practico mi oficio con entusiasmo; no pienso en mi trayectoria cuando escribo"

  • El autor malagueño, finalista del Premio Planeta en 2009, regresa a las librerías con 'La cosecha humana', una novela negra que indaga en una oscura trama de tráfico de órganos en la Jerusalén actual

Comparaba Saul Bellow a los escritores con las vacas: "Siempre andan por ahí, rumiando". Desde que le dio por rumiar, Emilio Calderón (Málaga, 1960) ha publicado su obra en más de veinte países, ha ganado el Premio Fernando Lara (con El judío de Shanghai, en 2008), ha resultado finalista del Premio Planeta (con La bailarina y el inglés, en 2009)y ha ganado los elogios de The New York Times así como de buena parte de la crítica internacional. Esta semana ha llegado a las librerías su último libro, La cosecha humana (Planeta), una novela negra adscrita a los registros clásicos del género pero con una ambientación poco común: la Jerusalén contemporánea y el conflicto palestino-israelí, donde se cuece una oscura trama de tráfico ilegal de órganos basada en un episodio real.

-La cartografía oriental es un elemento vital en su obra, pero ¿qué le condujo a Jerusalén? ¿Fue el argumento, o justo al contrario?

-Todo empezó hace cosa de tres años. Me encontraba en Oslo, en plena promoción de mi novela El mapa del creador, que acababa de publicarse en Noruega, y un periodista que me entrevistó me habló de otro periodista sueco que había escrito un artículo en el que denunciaba el tráfico ilegal de órganos en territorio israelí con víctimas palestinas. El Gobierno israelí, cuyo primer ministro era ya Netanyahu, reclamó al Gobierno sueco que repudiara expresamente el artículo, pero no llegó a hacerlo. Después se abrió una investigación y resultó que todo lo que había denunciado aquel periodista sueco era verdad.

-En la novela, el asunto llega a poner al Gobierno israelí contra las cuerdas. ¿Existió realmente una crisis a cuenta del caso?

-El problema radica en que tanto judíos como musulmanes rechazan la donación de órganos por cuestiones religiosas. Eso convierte a Israel en un país deficitario al respecto, y por tanto en un caldo de cultivo para el tráfico ilegal. El episodio destapado por el periodista sueco tenía ramificaciones en medio mundo, desde Ucrania a Sudáfrica, donde aparecieron muchos interesados en comprar órganos. Entonces sí se armó un revuelo importante que condujo a un enjuiciamiento. El Gobierno se vio en una situación complicada cuando el director del Instituto Forense de Tel Aviv admitió que en la misma institución se llevaban a cabo aquellas prácticas. Pero curiosamente se limitaron a cesar a este hombre de su puesto. No declaró en juicio alguno, ni fue imputado.

-Semejante material debía pedirle a gritos una novela negra.

-Sí, no tardé en convencerme de que la mejor manera de adentrarme en una historia tan turbulenta era a través de la novela negra. Sobre todo porque el género permite describir situaciones de violencia extrema con naturalidad.

-¿Cómo desarrolló la creación de la protagonista, la inspectora de origen sefardí Sarah Toledano?

-Desde el principio tenía claro que la protagonista iba a ser una mujer. Necesitaba un punto de vista femenino para adentrarme mejor en una sociedad tan compleja, donde precisamente la mujer vive una situación difícil. Además, Sarah Toledano me permitía abordar otros aspectos de esa complejidad: como inmigrante, ella es un producto de la sociedad israelí al haber completado lo que los hebreos llaman el regreso a casa, que es la manera que tiene Israel de repoblarse y de hacer frente a la alta natalidad de los árabes. Toledano es hija de un judío y una cristiana, y sus ideas sobre la religión y el mismo Israel distan bastante de la ortodoxia sionista. Ella vive en una absoluta contradicción desde que llegó a Jerusalén, pero eso la enriquece.

-Hasta ahora su obra parecía nutrirse de Kipling, Conrad y Stevenson, pero ¿reconoce a autores como Dashiell Hammett entre sus referentes?

-Por supuesto. He leído a Raymond Chandler a la vez que leía a Joseph Conrad. Además, abordar la novela negra me ha permitido romper de alguna manera con lo que había hecho hasta ahora y ofrecer al lector algo que pueda sorprenderle. Lo que sí siento hoy es una expectación enorme por conocer las primeras reacciones.

-¿Alguna vez la editorial Planeta mostró algún tipo de recelo por el cambio de registro?

-No, para nada. Al contrario, cuando entregué el manuscrito yo mismo no estaba convencido del todo, pero cuando lo leyeron las dos editoras que trabajan conmigo quedaron entusiasmadas. Me han dado todo el ánimo del mundo.

-¿Cabe esperar entonces una segunda entrega de las aventuras de Sarah Toledano?

-Te confieso que ya tengo escritas unas 10.000 palabras de una posible segunda entrega. Pero sólo saldrá adelante si la recepción de la primera es buena.

-Dado el éxito de sus anteriores libros, ¿pesan demasiado sus lectores cuando se sienta a escribir?

-No. Practico mi oficio con entusiasmo, con toda su soledad y su inestabilidad. No pienso en los lectores, ni en los premios ni en mi trayectoria cuando escribo. Si tengo el germen, es como si la historia pidiera ser contada, y eso es lo que hago. Los únicos retos que tengo que afrontar son de tipo técnico. Lo demás es rumiar.

-Entre esos retos debe figurar la estructura. ¿Cómo logra que todo parezca ir tan rápido?

-Recurro a mi bagaje de autor de novelas juveniles. Al lector joven hay que convencerlo desde la primera página. Al adulto, también.

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