Presentes en un filme del pasado

Director Isaki Lacuesta. Con Daniel Fanego, Arturo Goetz, Leonor Manso, María Fiorentino, Bárbara Lennie. Cameo.

El primer filme de ficción de Isaki Lacuesta ha puesto al cineasta joven y talentoso a la vista de la industria, que ha podido comprobar que en el experimentador de umbrales y texturas también había un narrador con posibilidades para enfrentarse a las grandes audiencias. Los condenados, sin embargo, está lejos, pero también cerca, de jalones vanguardistas de Lacuesta como Cravan vs. Cravan o Laleyendadel tiempo, pues aquí, como allí, se trata de lidiar formal y argumentalmente con presencias que han sido irremediablemente teñidas por significativas ausencias.

El principal peso en Los condenados es el propio del filme de tesis, por mucho que la ficción tenga su raíz en un documental de Lacuesta y Pere Vilà sobre la excavación de una fosa común (Soldados anónimos, que se incluye como extra de la edición). Así, aquí se trata de la abstracción de un filme que se desarrolla como cuento moral, válido para todo lugar en el que el idealista sueño revolucionario se haya propuesto desde la resistencia armada. El discurrir sobre la legitimidad de este tipo de luchas se produce desde un presente -una excavación ilegal en busca de un guerrillero asesinado en la que tiene lugar la representación de un (des)encuentro (inter)generacional- aún monopolizado por los testigos de los acontecimientos, instancias que saben más de lo que dicen. Y aquí, donde Lacuesta tantea enseñanzas de carácter universal, destaca la decidida apuesta por la presencia corporal de los actores, dejando que el tiempo, en gesto inequívocamente moderno, no obtenga representación narrativa indirecta (en un flashback, por ejemplo), sino que se sienta en el presente opaco de los rostros curtidos y los huesos doloridos. El filme de tesis tiene aún otra fuga, sin duda la más comentada por las elogiosas recensiones del filme, un largo y fijo plano sobre el rostro de la actriz que representa uno de los puntos de vista de la nueva generación a la que salpica la militancia revolucionaria de la anterior, la de sus padres. Es sin duda ahí donde lo abstracto (la estilizada manera en la que se suspende lo ruidoso) y lo concreto (el rostro de una joven en la que el tiempo aún no ha dejado su huella) mejor bailan, donde la expresión traduce el contenido y fija una postura.

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