Queremos jugar a un juego

Desde que Spielberg inaugurara en 1982 el subgénero de videojuegos que versionan películas con su Indiana Jones y el Arca perdida para Atari 2600 (y su posterior ET, protagonista de una de las más perturbadoras y divertidas anécdotas de la historia del videojuego), la mitad de la industria del ocio electrónico se engrasa gracias a este particular subgénero. En ocasiones hemos asistido a verdaderas obras maestras (caso de Batman: Arkham Asylum, en la línea del tenebrismo moral de El caballero oscuro), algunas incluso superiores a la película original (caso de G-Force), o reinterpretaciones brillantes en forma de precuela (caso de Watchmen). La estimulante franquicia Saw, alfa y omega del género de terror gore en la última década, contaba con innumerables elementos para constituirse en un juego ejemplar, desde el propio concepto perverso del puzzle (jigsaw), y sus nociones de la moral y el solipsismo contradictoriamente relacionadas con los más primitivos principios de la selección natural.

Por desgracia, a pesar de los idóneos presupuestos ofrecidos por la saga, nos encontramos ante un título muy por debajo de sus posibilidades. Sus gráficos, prácticamente de sexta generación, sus físicas escasamente realistas, la exigua historia, compensada con la concatenación de puzzles estructuralmente muy similares, apenas quedan salvadas con una cierta fragmentación en la narrativa del juego, en los saltos diegéticos de personaje a personaje. Como explica el muñeco de Jigsaw en cada una de sus apariciones, "queremos jugar a un juego", pero Saw II: Flesh and Blood (exceptuando la opinión de algún incondicional de la saga) no es el juego que esperábamos.

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