Un Quijote casposo

  • Carlos Aguilar ha dedicado un estupendo ensayo a Jesús Franco, un cineasta con más de 50 años en la profesión que cuenta en su haber con la cifra récord de casi 200 largometrajes

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Dada su naturaleza industrial, el cine suele invertir en producciones de rápida ejecución, rápido consumo y aún más rápido olvido, destinadas principalmente a obtener un dinero fácil que engrase la maquinaria y refuerce el tejido productivo. Digámoslo con todas las palabras: la industria cinematográfica no puede mantenerse con obras exquisitas pensadas para un público minoritario, sino con obras populares (no necesariamente reñidas con la exquisitez) diseñadas ex profeso para un Gran Público, en general, más eficaces que exigentes, no despreciables en tanto se cubran unos mínimos de inteligencia e inventiva.

Hay grandes maestros cuya filmografía se ha forjado en sutilísimo equilibrio con los imperativos comerciales, tal el caso de Alfred Hitchcock, un cineasta acusadamente personal que siempre tuvo en cuenta el rendimiento económico. Hitchcock, que no era un ingenuo, sabía que su continuidad en la profesión se basaba en los buenos resultados en taquilla.

A partir de estas premisas, quizás se entienda mejor la existencia de una anomalía como Jesús Franco, a quien Carlos Aguilar acaba de brindar un estupendo libro en la colección Signo e Imagen/Cineastas de la editorial Cátedra. Franco ha hecho realidad el sueño adolescente de dedicar su vida al cine aceptando prácticamente cualquier encargo, en los términos más extremos, con o sin presupuesto, ya sea con profesionales de primera fila, ya con diletantes, con guión o sin él, sin darle mayor importancia a eso tan resbaladizo de "construir una obra personal", aunque dejando una impronta propia -para bien y, sobre todo, para mal- en cuanto ha hecho. Su trayectoria profesional apela continuamente a la picaresca, cuando no al fraude, según recuerda este libro.

En ocasiones, el realizador aprovechó el equipo de cierta película para rodar escenas para una producción anterior, que había quedado inconclusa. A menudo, Franco se ha llevado secuencias o descartes de un film a otro, metiéndolos aquí y allá con calzador, para conseguir un metraje estándar. Otra práctica habitual, en pos del abaratamiento de costes, ha sido la de simultanear rodajes; o sea aprovechar los permisos, localizaciones y equipo para filmar dos películas en lugar de una, sin preocuparse si una u otra tenían pies o cabeza. Según Carlos Aguilar, en 1985 Franco rodó cuatro películas hard core en apenas diez días. Pues eso.

Ricardo Palacios, un amigo y colaborador, dijo de él que era "El Quijote de la casposidad". Me siento incapaz de mejorar dicha definición. Hay que ser tenaz para trabajar en semejantes condiciones durante más de cincuenta años y a lo largo de casi doscientos largometrajes, que se dice pronto, pero a santo de qué engañarse: el cine de Jesús Franco es preponderantemente ramplón, cuando no zafio, rijoso, cuando no infame, mortecino y aburrido, malo, muy malo. En su libro, sin embargo, Carlos Aguilar no se ha dejado amedrentar por la mala prensa del personaje ni por la ímproba tarea prefijada: el análisis de una filmografía voluminosa, confusa, desperdigada por medio mundo. Muchas películas rodadas por Franco en Inglaterra, Francia o Alemania no fueron distribuidas en España; de otras, realizadas en régimen de co-producción entre varios países, existen varias versiones, con diferentes metrajes y hasta con títulos distintos, lo que dificulta un seguimiento cabal.

Por suerte, cosa que se agradece, Aguilar tampoco participa de la apología freak que ha generado la figura del cineasta en los últimos tiempos. Franco tiene un mundo creativo propio, pues sí, o unas fijaciones que cuela de rondón en donde encarta, pue sí, pero su cine es insuficiente, cuando no bochornoso, y ha ido a peor desde hace treinta años. En la década de los 60, a principios de su carrera, Jesús Franco contribuyó decisivamente en la introducción del cine de terror en España gracias a una serie de películas realizadas con más entusiasmo que acierto: Gritos en la noche (1961), La mano de un hombre muerto (1962), Miss Muerte (1965), algún otro. De haber seguido en esta línea, otro gallo le hubiera cantado.

Lamentablemente, optó por sumarse con una absoluta falta de prejuicios, y ningún miramiento, a cualquier moda peregrina, desde relatos de espías hasta historietas de Fu Manchú, de películas de artes marciales a pornográficas. En la década de los 70, Franco acotó un feudo propio (o propicio) en el terreno del soft y el hard core que sólo ha abandonado ocasionalmente para filmar ora un bodrio, ora una simpleza, ora una tomadura de pelo, ora una metedura de pata.

A Carlos Aguilar hay que agradecerle su amplitud de miras, además de una prosa sustanciosa, y ensalzarle su hercúlea tarea: el visionado/sufrimiento de metros y metros, horas y horas de malas películas que, ¡oh paradoja!, ha dado lugar a un libro estupendo. Aguilar hace justicia a una forma de entender el cine (el cine sin ínfulas) y a un realizador singular, mal que nos pese. En fin, debo colocarme me donde corresponde, entre los miembros de esa "crítica envarada" -el requiebro es de Carlos Aguilar- a quienes la obra de este cineasta les resulta sencillamente indigesta.

A Jesús Franco le reconozco iniciativa y perseverancia, no talento. Para mi gusto, incluso sus títulos más aclamados siempre están por debajo de cuanto afirman sus feligreses.

Si hemos convenido en compararlo a Don Quijote, pero un Quijote casposo, debemos asumir en consecuencia nuestro papel en esta historia, el de molinos de viento.

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