Arte

Raja, brecha, abismo

  • Jesús Zurita exhibe en Alfredo una serie de piezas de un estilo pictoricista que aluden a ese carácter sexual y genital que denota el artista desde sus primeras obras

Hace casi cinco años de la última exposición de Jesús Zurita en Alfredo Viñas. Aquel Zurita era bien distinto al que hoy encontramos, entre otras cosas porque aquel, a partir de 2006, evolucionó a este otro pintor que, ahora de nuevo, vuelve a amenazar -quizás- con un nuevo giro. No obstante, el artista ha sabido, a pesar de mudar de lenguaje, mantener una serie intereses y motivaciones que observamos presentes en ese nuevo vocabulario que, como tanteos y a través de cuatros piezas muy distintas entre sí, percibimos en la galería malagueña.

Ante todo, Zurita, quien es uno de los más importantes pintores andaluces actuales a pesar de su edad (1974), sigue confirmándose como un fabuloso paisajista. Ahora bien, su paisaje es tanto el de la fisiología humana como el de la Naturaleza; un paisaje tan real como imaginario en el que se concitan la exquisitez y la belleza con unas irrefrenables pulsiones de muerte y sexualidad. De hecho, el título de la muestra (Raja), como tantos otros títulos de sus piezas, la morfología de muchos de los elementos que pueblan su universo y la simbología del mismo, puede aludir a ese carácter sexual y genital que percibimos desde sus primeras obras.

Piezas como No saberse (recreación de algunas de las versiones de la Isla de los muertos del simbolista Arnold Böcklin), El violento Cayetano, Toda herencia ó Asunción, todas de 2010 como los nuevos ejercicios, resultan extraordinarias, además de paradigmáticos ejemplos de su mundo y del estilo que le viene acompañando en los últimos años, mucho más pictoricista y con menos tintas planas que el anterior, más organicista y menos geométrico, más figurativo y menos abstracto, con más pliegues y con menor depuración y con una riqueza y complementariedad en el color que escapa del generalizado bicromatismo contrastado que le precedió.

Paisajes todos, fragmentos de la Naturaleza metamorfoseada en humano pálpito y viceversa que se hallan trufados de sugerencia, enigma, ambigüedad, exquisitez, delicadeza, escatología, muerte, sexo o violencia, ámbitos, en algunos casos, dialécticos entre sí. Las ramas de algunos de sus árboles vacilan en convertirse en capilares, como también muchas de sus hojas parecen hacerlo en una suerte de alveolos o formas que rememoran hígados y riñones; otras muchas parecen falos envueltos en una tela o piel roja que los recubre, haciéndolos confusos y dejando entrever en otros lugares desvelados lo que pudieran ser huesos.

Esa misma tela o piel roja aprisiona otros muchos elementos que juegan igualmente a confundirse entre raíces y cabellos, o bien directamente se ciernen con su nitidez y contundencia sobre evocaciones paisajísticas como arbustos que, unidos al preciosismo, detallismo, definición y atención a motivos naturales individualizados, nos hace recordar algunos aspectos de la estampa japonesa.

Y de la raja a la brecha, la que se abre entre ese conjunto de obras ejemplares del estilo que viene caracterizando a Zurita en los últimos cinco años y otras cuatro pinturas que denotan un ejercicio de tanteo, de posibilidades y caminos nuevos por los que quizá transitar como futuros itinerarios para su plástica. En éstas se aprecia una incipiente indagación en el género de vanitas con dos sombríos y novedosos bodegones, Campan' y Campanas que, a través principalmente de las flores marchitas nos hablan de la muerte como irremediable certeza, así como un paisaje, Entre dientes, en el que la sugerencia a la que nos tiene acostumbrados se ha perdido en pos de una obra demasiado retórica en la que reina una especie de espectro de una calavera con un fémur en una composición muy simbólica (un río circular como un ciclo vital, un árbol seco o las hojas marchitas en el suelo).

Demasiado evidente y demasiados motivos en esta fluctuación estilística, aunque sigue atendiendo a sus temas predilectos. Formalmente se pasa de un gran y extraño motivo que centra y cruza dinámicamente el espacio constituido por el paisaje a la atomización de motivos de menor entidad, por tanto, de la unidad a la multiplicidad.

Se crea aquí una paradoja, ya que este novísimo cúmulo de elementos y su heterogeneidad, esta locuacidad o elocuencia, lejos de hacerlas más densas y complejas las convierten en creaciones más asequibles, menos ambiguas y menos enigmáticas. Temo que esas dificultades, esos retos en la aprehensión y la perturbación que despiertan las obras de estos últimos años y que las hacen intensas y sumamente atractivas, atrapándonos y suspendiéndonos verdaderamente, puedan perderse en estas nuevas vías de exploración.

Y por eso, de la brecha al abismo, puesto que Zurita con este cambio estilístico se asoma a él. Abismo en clave de peligro surgido del compromiso y la honestidad del artista, pues si el que esto suscribe deja patente la preferencia de unas sobre otras (sobre estos nuevos tanteos), no deja de admirarse cómo un joven y -permítanme- consagrado artista parece no aferrarse al éxito, o al lenguaje que a éste le ha llevado, evitando nuevas reformulaciones y ejercicios que ricen el rizo, aunque creo que esa veta aún aguarda excitantes derivaciones que no tienen porqué ser entendidas como manierismos.

Anhelamos, y estamos seguros, que ese asomarse al abismo y bordear esa raja o brecha convertida en metafórico precipicio, le lleve a nuevos, brillantes y exquisitos paisajes. Paisajes, seguramente, que no nos podrán definir mejor que el sexo y la muerte, o lo que es lo mismo, Eros y Tánatos o la continuidad y discontinuidad bataillean'. De todos modos, ahora que lo pienso, el abismo es algo consustancial a Zurita: el abismo es lo que nos pone en peligro y tal es lo que hace Zurita con su pintura: ofrecernos una insospechada imagen de nuestra (N) naturaleza.

Jesús Zurita. Galería Alfredo Viñas. Denis Belgrano 19, 1º, Málaga. Hasta el 23 de mayo.

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