Crítica de Cine

Reconocer, poniendo nombre y rostro, para convivir

fátima

Drama, Canadá-Francia, 2015, 79 min. Dirección y guión: Philippe Faucon. Fotografía: Laurent Fénart. Música: Robert-Marcel Lepage. Intérpretes: Soria Zeroual, Zita Hanrot, Kenza Noah Aïche y Chawki Amari. Cine: Albéniz.

Como actor Humbert Balsam trabajó a las órdenes de Bresson, Rivette, Pialat, Granier-Deferre o Rappeneau. Como productor desarrolló una importantísima labor promocionando a realizadores de Oriente Próximo como Youssef Chahine, Maroun Bagdadi, Elia Suleiman o este Philippe Faucon que hoy nos ocupa con esta pequeña y excelente película llamada, como su protagonista, Fátima. Faucon es un francés nacido en Marruecos que vivió su infancia entre este país y Argelia, donde su padre, militar, participó en la guerra de independencia. Fue Humbert Balsam quien lo descubrió y produjo todas sus películas hasta su trágica muerte. Posteriormente fundó, junto a su esposa Yasmina, su propia productora. En una y otra etapa su filmografía está centrada en el conflicto político, cultural y social entre musulmanes -argelinos o marroquíes- y Francia (no escribo franceses porque muchos de sus personajes musulmanes lo son); ya sean conflictos históricos -la guerra de Argelia que tanto le marcó- o los actuales de integración en la vida cotidiana e incluso del yihadismo: Samia (2000) trata de la lucha de una joven marsellesa de origen argelino aprisionada por el rigorismo musulmán de su familia; La traición (2005), de la guerra de Argelia; En la vida (2007), de las relaciones entre una anciana judía y su cuidadora musulmana; La desintegración (2011), de la captación fundamentalista de jóvenes de los barrios marginales franceses.

En cuanto a Fátima, la película que lo ha consagrado al obtener tres premios César, incluido el de mejor película de 2015, trata de los apuros de una madre musulmana, inmigrante en Francia, para salir adelante en un entorno no siempre favorable, reconducir a su rebelde hija adolescente y ayudar a que su hija mayor cumpla su sueño de ingresar en la universidad para estudiar medicina. Caminando por el filo de la navaja del desprecio de los franceses xenófobos y de los musulmanes intransigentes. O incluso enfrentada a su propia hija menor, que la desprecia por considerarla sumisa. Como las anteriores películas de Faucon, rodadas siempre con pocos medios, sobriedad y eficacia, se trata de poner rostro y nombre a los problemas que siempre se enfocan mal cuando se generalizan. En este sentido sus obras cumplen una función social de primera importancia. Y además lo hacen con buenas maneras cinematográficas.

Faucon pone nombre -Fátima-, rostro -el de la excelente Soria Zeroual, actriz debutante de sorprendente madurez, justamente premiada con el César a la mejor actriz revelación- e historia, la de esta mujer que quiere dar una vida mejor a sus hijas. En cualquier país europeo nos cruzamos todos los días con alguna Fátima, con alguna mujer con pañuelo que puede ser percibida como una extraña, como una molestia para la convivencia e incluso como una amenaza, que lucha con coraje por su propia vida y la de los suyos. Como la protagonista de la película, muchas trabajan como asistentas. Pero han venido a Europa, precisamente, para que sus hijas no lo sean. Tras ver esta película muchos las mirarán de otra forma. Sin idealizarlas, pero tampoco sin prejuicios. Es decir, como nos miramos entre nosotros.

La extraordinaria sobriedad estilística, la huida de los clichés del cine testimonial que al final (la peste de las temblorosas cámaras en mano) no deja de ser una retórica, la difícil sencillez con la que esta historia común se nos cuenta, hacen de Fátima una pequeña y necesaria gran película. Y de su protagonista un personaje inolvidable. ¿Idealiza Faucon a su personaje? No. Pero no todas las musulmanas inmigrantes son tan nobles, rectas y luchadoras como esta. Cierto. Y tampoco todas las madres italianas son como Mamma Roma, ¿no?

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