Recuerdos de guerra, voz de mujer

  • Alfama publica las memorias de Isabel Oyarzábal, diplomática, actriz y escritora que defendió la legitimidad de la Segunda República frente al franquismo y se convirtió en figura clave del exilio español en México

No sólo la figura de Victoria Kent permite abordar desde Málaga y desde una perspectiva de género la turbulenta historia española desde la proclamación de la Segunda República hasta el fatal desenlace de la Guerra Civil. Isabel Oyarzábal (Málaga, 1878-Ciudad de México, 1974), de soltera Smith y de casada De Palencia, fue una mujer atípica de su época, periodista, escritora, dramaturga, traductora, folclorista, actriz y diplomática. Su voz defendió con entereza la legitimidad de la Segunda República frente a sus enemigos, muy especialmente tras el alzamiento franquista, y lo hizo desde un posicionamiento feminista en cuanto a que trasladó a la coyuntura de la contienda su lucha en favor de los derechos de la mujer, con igual tesón. Tras el desenlace de la guerra y la instauración de la dictadura, Oyarzábal marchó a México, donde murió hace 35 años y donde se convirtió en referencia política e intelectual del exilio español. Recientemente, la editorial malagueña Alfama ha publicado sus memorias Rescoldos de libertad, que corresponden precisamente a la época del exilio y que habían permanecido inéditas.

Isabel Oyarzábal heredó de su madre, una sueca llamada Ana Smith, una educación liberal poco habitual en el último tramo del siglo XIX español. Por ello no dudó en aspirar a puestos de influencias tradicionalmente reservados a los varones. Su dedicación más significativa en este sentido fue su ejercicio de la tarea diplomática en Suecia, en plena corte del Rey Gustavo, desde 1937 hasta 1939, cuando se vio obligada a abandonar su puesto para embarcarse en el exilio. En 1920 asistió como delegada al Congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio de la Mujer, aunque ya antes su conocimiento de varios idiomas le había permitido trabajar como profesora de español en la localidad inglesa de Sussex, donde también trabajó como corresponsal de prensa. Su mayor deseo, sin embargo, era ser actriz, un sueño que cumplió gracias a la complicidad de su madre y a pesar del escándalo que provocó en su entorno cuando para tal propósito ambas marcharon a Madrid para una prueba a instancias de la intérprete María Tubau, a la que conocieron en un homenaje que se le había rendido en Málaga. Tubau era además la madre de Ceferino Palencia, crítico de arte con quien Oyarzábal se casó en 1909.

La malagueña compaginó sus representaciones teatrales con su labor de periodista. En 1930 logró entrar en la cárcel para fotografiar al Comité Revolucionario, cuyas imágenes publicó en el Daily Herald de Londres. Cuatro años antes contribuyó a la creación del Lyceum Club Femenino, presidido por María de Maeztu y del que la propia Oyarzábal fue vicepresidenta junto a Victoria Kent para las iras de los sectores conservadores, que criticaron el feminismo activo que se defendía en la institución y que se traducía en la defensa del divorcio y otros postulados progresistas. En 1929, la activista presidió la Liga Femenina Española por la Paz y la Libertad y se especializó en Derecho Internacional. Fue además candidata en las listas del PSOE en 1931, tras lo cual comenzó su carrera diplomática que llegaría a su fin en Suecia y el posterior exilio. Ella representó, en fin, el paradigma de la mujer republicana desde la política y la creación artística.

Como escritora destaca especialmente su novela En mi hambre mando yo, que rescató hace cinco años la editorial Mono Azul y que narra las peripecias de un grupo de mujeres durante la Guerra Civil. La obra debe su título a la consigna que popularizaron los anarquistas andaluces en la misma época y que, tal y como explicó la misma autora en el libro, empleó un labriego cuando le ofrecieron un trabajo que mitigara su necesidad a cambio de que votara al candidato reaccionario. Oyarzábal dictó además numerosas conferencias sobre folclore y moda en ciudades de Estados Unidos y Canadá que se recogieron en el libro El traje regional en España, publicado en 1926. Ahora, su historia queda un poco más cerca.

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