Regreso al país de nunca jamás

  • Joaquín Sabina alcanzó la cima de su carrera con '19 días y 500 noches', un disco monumental que contiene todas sus obsesiones La gira del 15 aniversario llegará el 4 de marzo a Málaga

19 días y 500 noches se puso a la venta el 14 de septiembre de 1999, pero un mes antes ya sonaba en las radios la canción que daba título al disco. Era una época en la que, aunque ahora parezca ahora el pleistoceno, todavía se ponía la radio con el cassette preparado y el dedo en el gatillo del rec para cazar al vuelo algún tema. Era una rumbita canalla que Joaquín Sabina había comenzado a escribir para Siempre Así; pero el grupo sevillano no se atrevió a pagar "las cuentas de gente sin alma que pierde la calma con la cocaína" y el de Úbeda se la quedó para su disco. Era la antítesis de lo que se supone en una canción de éxito, con un estribillo kilométrico sólo apto para los muy fans o para las mentes privilegiadas. Pero había dado en la diana y, los que habían grabado el tema, no paraban de darle al rewind una y otra vez. De eso hace ya más de 15 años y, con esta excusa, Joaquín Sabina se embarcó en una gira por América Latina que, el próximo 4 de marzo, recalará en Málaga con un set list que incluye todas las canciones y tocadas en el mismo orden que aparecen en el disco.

Sabina recuerda los meses en los que compuso 19 eías y 500 noches como los más felices de su vida; también los más febriles. No hacía más que escribir canciones, beber café, güisqui y algunos estimulantes, una receta que no volvió a juntar desde entonces. Tanto fue el frenesí que ha llegado a atribuir el ictus que sufrió dos años después a los excesos de esta época.

Para aliviar su soledad se juntó con Antonio Oliver, que firma muchas de las canciones del disco junto al propio Sabina, quien pasado el tiempo le definió como un "sparring" que le sirvió para no estar tan solo en esas noches interminables que se perpetúan con el simple gesto de bajar la persiana.

Para este trabajo decidió abandonar su equipo médico habitual y fue producido por Alejo Stivel, ex de Tequila que, para empezar, decidió no enmascarar su voz aguardentosa. Y Sabina, que en algún momento de su carrera coqueteó con ser un cantante melódico a lo Julio Iglesias, dejó el humo de su Ducados se colara por el micrófono.

Venía de una ruptura sonada con Fito Páez, con el que había grabado Enemigos íntimos y del que no llegó a haber gira de presentación. Pasado el tiempo, este trabajo tiene canciones imprescindibles como Llueve sobre mojado, Yo me bajo en Atocha o Lázaro, pero lo cierto es que supuso un pequeño paso atrás en una carrera que sólo había dado pasos hacia delante desde Inventario.

La grabación de 19 días duró seis meses, pero por Sabina habría durado años porque no se decidía a darlo por terminado, pasando días dándole vueltas a una coma. Tan largo se hizo que Stivel tuvo que darle un ultimátum y le hizo firmar en una servilleta que, en el plazo de una semana, tenía que entregar el disco o a partir de ese momento él se encargaría de terminarlo. Los capos de la discográfica no esperaban ese cambio y, al escuchar la primera canción se miraron y dijeron "no canta". Pero acabaron por acostumbrarse y, desde entonces, todo el que interpreta una canción suya en el karaoke intenta imitar esa voz de lija con desiguales resultados: en la mayoría de las ocasiones están más cerca de Lola Flores que de Joaquín Sabina.

El de Úbeda se había planteado editor un disco doble con canciones inéditas, pero la discográfica se salió con la suya para presentar finalmente un sencillo con trece cortes. El primero, Ahora que, es un himno a las relaciones que nacen, cuando nada importa demasiado y no existen los reproches. Continúa con 19 días y 500 noches, Barbi Superestar -el retrato de una mujer que podría ser la Sofía Mazagatos de la época- y Una canción para la Magdalena, la canción definitiva de Sabina sobre las señoritas que fuman Curiosamente, el verso "si la Magdalena pide un trago tú la invitas a cien, que yo los pago", le costó una ronda después de que un fan le enviara una carta con la factura de un club de alterne. El cantante pagó, pero remitió otra misiva al fan: "La menor reincidencia rompería el encanto".

Dieguitos y mafalfas era una canción dedicada a una novia argentina, casi adolescente, con la que acababa de terminar su relación, mientras que A mis cuarenta y diez era un epitafio sabinero aunque "el traje de madera que estrenaré no está siquiera plantado". El caso de la rubia platino es como una novela de Raimond Chandler llevada al rock and roll y Donde habita el olvido una canción de después de que rinde homenaje a su querido Luis Cernuda. Cerrado por derribo y Pero qué hermosas eran anteceden al retrato de posguerra De purísima y oro, que acaba siendo un homenaje a la última corrida de Manolete en Linares; pero el diestro no iba de ese color, sino de rosa palo, lo que le valió alguna que otra puya del sector taurino. Años después, José Tomás cerró esta polémica y se vistió de purísima y oro en Linares en una corrida en recuerdo de Manolete y en homenaje a su amigo cantautor.

Después llega el rap Como te digo una co te digo la o, que dura casi nueve minutos pero al que tuvo que meterle la tijera como si fuese Eric von Stroheim, ya que el metraje original era de 13 minutos. El disco se cierra con la gloriosa Noches de boda, un tema que infinidad de parejas han elegido par el baile nupcial.

Durante la grabación, Sabina no abrió el buzón de su correo, aislado del mundo. Al entregar el disco se decidió a abrirlo y se encontró con una carta de la peruana Jimena Coronado, con la que había tenido una relación guadianesca. En ella le confesaba que había dejado a su novio... Y Sabina se marchó con ella a la Plaza Garibaldi para cerrar un año que marcó su vida personal y artística para siempre.

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