Relatos inesperados en Hurley

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Aida Lechuga en un momento de su performance en la galería de Isabel Hurley. Aida Lechuga en un momento de su performance en la galería de Isabel Hurley.

Aida Lechuga en un momento de su performance en la galería de Isabel Hurley. / javier albiñana

Cuando Carolee Schneemann invitaba a críticos y artistas, en 1963, a volver al cuerpo como sitio en el que se originaba "la mayor parte de las incoherencias de la cultura occidental", se encontró con reticencias como las de Alan Solomon, director del Museo Judío neoyorquino desde 1959 y conocido por su compromiso con manifestaciones artísticas más avanzadas. Ante las propuestas de la performer, Solomon la invitó a pintar, puesto que eso de andar desnuda la expulsaba automáticamente del mundo del arte. Medio siglo ha pasado, y lo cierto es que la performance aparece como saludable disciplina ante la acumulación material: su carácter efímero hace de los eventos algo irrepetible que nos remite a aquella máxima que tanto circula en los ambientes del rock and roll (sí, aquello de "tenías que haber estado allí").

Existe una frescura, la que permite el acontecimiento sin solución de continuidad inmediata, que empuja al público a conocer de primera mano experiencias como la que tuvo lugar el pasado martes en la galería de Isabel Hurley (Paseo de Reding, 39). Aprovechando el impasse entre la recién desmantelada exposición temporal y la siguiente, la galerista prestó su espacio a una iniciativa de arte de acción comisariada por Joaquín Ivars y con cuatro artistas en ciernes (Alejandro Castillo, Jorge Galán, Javier Ideas y Aida Lechugo) procedentes de la Facultad de Bellas Artes de la UMA.

Así, y ya desde su título, el evento Cuatro performers, o cinco (2016), dejaba la puerta abierta a lo inesperado -esos relatos de Roald Dhal…-, lo que resulta bastante excitante, dado el enarcamiento de ceja como actitud generalizada de nuestros días. Siguiendo las instrucciones de Ivars, anfitrión por un día de la sala de Hurley, los y las asistentes iban colocándose en diferentes puntos, escenarios itinerantes en un lugar cuyas características resultan especialmente favorecedoras.

Alejandro Castillo arrancó con la primera de sus performances, integradas asimismo bajo el enunciado de Nunca se llega a parte alguna, con el movimiento ocioso de las masas (turismo) como objeto de reflexión. Reptando circularmente sobre el suelo y borrando con su propio cuerpo las señales de su pasos, el artista recreaba, de esta manera, la ausencia de salida que en tantas ocasiones se encuentran quienes buscan, precisamente, escapar. Escápate o abandona tu rutina bien pudieron ser los imperativos lanzados por Jorge Galán en Porque yo lo valgo, la última acción del evento: una enumeración de eslóganes publicitarios que, a voz en grito, causaban la risa nerviosa del respetable en lo que parecía, a ratos, una escena de Accidents Polipoètics (tanto por el ritmo impreso a la declamación como por la actitud de Galán).

Antes, Javier Ideas se introdujo en el cubo de cristal, fuerza centrífuga de la galería, para sumergirnos en una Realidad virtual que de forma progresiva empieza a ser la nuestra misma, el pan nuestro de cada día; armado con esa tecnología que media entre la persona y la realidad, contemplamos esas rutinas que, invisibles, se nos aparecen visibles por la fuerza del gesto. Aunque para fuerza la que Aida Lechugo mostró en Obstáculo donde, aupada en la speaker corner colocada estratégicamente en un punto de la estancia, no solo causaba confusión lingüística en la repetición del texto ("si la sierva que te sirve no te sirve como sierva, de qué sirve que te sirva una sierva que no sirve")… también asestaba el golpe de efecto necesario -nunca mejor dicho- para la velada, y lo hacía con la ayuda de un "espontáneo". El quinto performer del que ya se advirtió en el planteamiento inicial: un bocado de realidad que sirve para hablar de la persistencia acerca de esa violencia contra las mujeres de la que, semana a semana, recibimos fatales noticias.

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