Crítica de Teatro

Revolución anónima o buenas intenciones

Norberto Rizzo y Luis Centeno. Norberto Rizzo y Luis Centeno.

Norberto Rizzo y Luis Centeno. / javier albiñana

En gran medida, Bel Canto, la obra de Alberto Iglesias estrenada ayer en un nuevo montaje de Factoría Echegaray, es una cuestión de distancias. Los tres personajes implicados (el único periodista superviviente en una redacción, una limpiadora aficionada al canto lírico y el director del periódico) comparten una afección común: la distancia entre lo que son y lo que quieren ser (un tema nada nuevo, cierto, pero siempre con posibilidades para jugosas vueltas de tuerca). Las posturas ante esta distancia son bien distintas: hay quien se lanza a intentarlo, quien se limita a vivir conforme con su frustración como si de una tara se tratase y quien ni siquiera se lo plantea. Lo curioso es que a Bel Canto le sucede lo mismo: quiere ser una obra pero en realidad termina siendo otra. Y tal vez lo peor es que, en su caso, parece estar segura de que es la obra que quiere ser cuando en realidad es la que es. Lo que se presenta como una aproximación al límite como definición de lo humano, una mirada a la eterna revolución personal pendiente como agente decisivo en cada experiencia, termina quedándose en un recitado de buenas intenciones, en una llamada a la ensoñación blandita y bien pensante (no sabe uno bien si las nueve claves que aporta el director del periódico para la buena vida proceden de Paulo Coelho o de Santa Teresita de Lisieux; en cualquier caso, el episodio provoca un pelín de vergüenza ajena) que precisamente hace muy poco honor al teatro como instrumento transformador. El peor enemigo de Bel Canto es, ay, su autocomplacencia.

Lo mejor de la obra sucede en sus afueras, en la periferia; el tono levemente cercano al absurdo que aportan una limpiadora encargada de ensuciar la estancia con buen criterio, un periodista con ínfulas de poeta y una redacción solitaria, entre otros elementos, apunta a un discurso interesante que habría merecido más relevancia. La opción por el buenismo más insustancial y la catequesis en plan todo el mundo es bueno anulan igualmente estos matices, así que al final queda un regusto amargo, como si diese igual un toque más absurdo que otro más naturalista. Lo mismo sucede con una dirección de actores acomodada, previsible, que prefiere quedarse con lo justo y no saca partido de un reparto que podría haber dado mucho más. Tampoco el espacio escénico, que en su presentación promete servir en bandeja juegos interesantes, termina significando más de lo que ofrece a simple vista (incluso algunos recursos, como las simbólicas cajas de cartón, llegan a ser innecesariamente explicados). En fin, no es Bel Canto la obra que parecía ser. Aunque eso, maldita sea, le pase al más pintado.

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