Risas viejas y fumadas de los ochenta

Enloquecidas parece que era un proyecto muy deseado por Juan Luis Iborra, un hombre que echó los dientes escribiendo guiones para Pepe Navarro y Raffaella Carrá, y cuyas primeras palabras en la gran pantalla fueron para El robobo de la jojoya -una de las razones del declive de Martes y Trece-.

En su regreso a la comedia, Iborra parece haberse inspirado en Misterioso asesinato en Manhattan, una de las últimas grandes de Woody Allen. El toque patrio lo toma de Fernando Colomo, así que esto tiene un aroma tan ochentas que marea: mujer de político se mete en aventuras detectivescas con su sobrina, fuman porros, hablan de sexo y son muy pijas.

Iborra había pensado en Ana Belén y María Adánez para la pareja protagonista, pero el toque Colomo también sale con Verónica Forqué y Silvia Abascal, aunque estas dos están más acostumbradas a ser madre e hija; da igual, ellas sacan de memoria su papel natural. Quien sí se ha quedado del reparto previsto es Concha Velasco: y menos mal. Los pocos momentos divertidos son sólo por su actuación, algo rutinaria, pero siempre efectiva.

La dirección televisiva de Iborra -habitual de Aquí no hay quien viva, donde se luce más- no logra crear el ritmo que podía haber salvado este despropósito -que quizá tenga dos chistes dignos o casi dignos-, cuyo guión cruza los dedos para que los actores salven de la quema a esta pequeña producción. El reparto ni tan siquiera lo intenta.

Enloquecidas es una película añeja que se quiere nerviosa, irónica y descarada, pero es sólo otra ración de humor fácil, de tono adormecido y sin un atisbo de ingenio. Ya lo dice Concha Velasco, en mediana parodia de sí misma: "¡Esto huele a Transición!". Pues sí, mucho de eso ahí. El que faltaba era Antonio Resines.

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