Romeo, Julieta y la honra

España, 2011. Drama. Dirección: Alberto Gorritiberea. Guión: Alberto Gorritiberea. Intérpretes: Iban Garate, Sara Casasnovas, Begoña Maestre, Ramón Agirre, Iñake Irastorza, Kándido Uranga.

Resultan curiosos los mecanismos por los que uno puede llegar a adquirir cierta sintonía, o todo lo contrario, con una película. Arriya (La piedra) contiene valores notables pero también debilidades: esta misma película se ha hecho en otras ocasiones, con otros directores y otras intenciones, y seguramente con mucha mayor fortuna. Es cierto que la caracterización de los personajes resulta confusa y dudosa, que la narración insiste en su carácter simbólico en trazos que debían ser más claros y directos y que el conjunto se resiente de un conflicto continuo, no el del País Vasco, sino al que parece enfrentarse Alberto Gorritiberea cuando tiene que tomar una decisión. Por todo lo que la película pretende abarcar, sin duda a Arriya le habrían venido bien más manos, más ideas y más opiniones contrastadas en la escritura del guión para una resolución más afortunada de esos conflictos. Pero, en parte, el filme se beneficia de ese mismo mal que le atañe. Quizá el principal valor de esta suerte de Romeo y Julieta de tres trasladada al entorno rural del País Vasco sea que en su discurso cuenta más lo que se sugiere que lo que se dice. Gorritiberea ha pretendido sentar a la mesa a sus propias contradicciones y el resultado, claro, resulta contradictorio, pero honesto. Resulta difícil escapar a la tentación de establecer conexiones desde el conflicto entre la tradición familiar y rural y la libertad individual a la que, no sin cierta abulia, parecen aspirar los protagonistas, hasta el conflicto vasco. Pero quienes han vivido en un entorno rural saben que esos conflictos, la losa que supone en las conciencias la honra familiar aplicada a la tierra en la que se vive, son universales y no siempre se traducen en tiros. Arriya habla así de amor y odio, a las personas y a los lugares; emociones que fluyen y que fácilmente se transmutan. El empeño de trasladar esa paradoja al cine resulta loable, aunque el guión pida a gritos más voces.

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