Sabina y Prado, en clave de verso

  • Ambos trovadores compartieron una velada de poemas recitados en el Centro Cultural Provincial

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Perdió el tren de alta velocidad pero los suyos lo esperaron en el mismo andén de siempre. Joaquín Sabina, poeta, llegaba ayer con retraso a la cita con los versos compartidos, junto a su amigo Benjamín Prado. "Por problemas en Atocha", aseguraba el jiennense. Poco importaba, porque tres cuartos de hora más tarde supo paliar la espera con un regalo al auditorio. "Málaga fue la primera sucursal de La Mandrágora, cuando yo aún no era Sabina, sino Joaquín Martínez", recordaba.

Desde el Centro Cultural Provincial, a las 20:45 ambos trovadores comenzaban una sesión más del ciclo Vidas cruzadas con el verso como esquina coincidente. Sobre el escenario tan sólo una mesa, una jarra de agua, y dos güisquis separaban sus letras. "Desde hace ocho o nueve años tengo un milagro mayor que la canción. Ir a los lugares a decir palabras. Eso sí, nunca sólo, con Benjamín Prado o Luis García Montero", explicaba un Sabina taciturno y de mirada esquiva.

Como prólogo a una hora de recuerdos rimados, El hombre del traje gris avanzaba pinceladas de un imaginario, usurpado ya por sus seguidores. Anoche cerca de 300 escuchaban cómplices ese "mapamundi del deseo", ese "inventario de la duda", con el que Sabina daba nombre a sus canciones de mala vida. Mientras Benjamín Prado escuchaba a sorbos, Sabina declamaba con voz cascada. Cuando su amigo recitaba, el de Úbeda fumaba, asentía o aplaudía con un "¡Olé!" sus poemas.

Entre humo y confidencias, el cantautor se sinceraba con los oyentes para viajar sobre los primeros recuerdos. "Nunca imaginé ser cantante", advertía. "Cuando estudiaba en la Universidad de Granada quería ser un oscuro profesor de Literatura, casarme con una rubia de bote y escribir los fines de semana libros que me dieran mucho prestigio y poco dinero". Pero agarró la vocación por los cuernos y los sonetos musicados acabaron dándole de comer.

Antes de pasearse por su tierra natal, Sabina lanzaba otra declaración de intenciones. "Dicen que la infancia es el paraíso del artista pero Benjamín y yo, cuando leemos biografías nos saltamos los primeros capítulos. Hasta que no cumple 20 años no nos interesa", afirmaba. Con el predicado ya en Úbeda, el poeta advertía, libro en mano, que "el tiempo es un exilio más cruel que la distancia". Para pasar página con un lamento: "ninguna edad es buena para volver a casa".

En su turno de palabra, Prado (Premio Andalucía de Novela en 1999) rescató su amistad con Rafael Alberti con el poema Adefesio y, al poco, Sabina le daba la réplica. "Nunca fue Alberti tan caballero, nunca Benjamín tan benjamín", pronunciaba entre sonrisas. De homenaje en homenaje, los dos juglares se detenían ahora en José Hierro. El caballero del bombín pasó a evocar cómo la semana previa a su muerte se la pasó intercambiando sonetos con él. Alberti perfilaba a Sabina con un "modelo de Versace de taberna" al que "Platón archivó en su caverna".

Incansable, la sorna del recitador echaba mano de su última obra escrita, A vuelta de correo (Visor, 2007). "Donde se demuestra que soy el rey de la estafa. Le escribo cartas a poetas, ellos me contestan pero el que cobra el libro soy yo", acuñaba Sabina. Acostumbrado a transitar con su verbo canalla, reconocía su invulnerable lugar común. "A mis 69 menos 10, uno piensa que si hubo una gota de poesía fue más en las canciones que en los versos". Y los sabineros en el bolsillo.

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