Scarlett Johansson y su amor por Tom Waits

  • La actriz reinterpreta parte del repertorio del de Pomona

Difícil asunto este Anywhere I lay my head (Rhino, 2008), el debut discográfico de Scarlett Johansson, musa indie e icono popular de los mass media. La muchacha no tenía bastante con el cine, con frecuentar los rodajes de Soffia Coppola o Woody Allen, y se ha metido en un estudio de grabación con Dave Sitek, el cerebro de TV on the Radio. Por allí, además, se pasó David Bowie, y las canciones son de Tom Waits. Todo medido para una coolness de prêt à porter.

Suerte de Samantha Fox para indies, con su imagen como gancho, las canciones de Tom Waits como marchamo de calidad y la producción de Sitek como una apuesta segura, la Scarlett Johansson de Anywhere I lay my head se muestra como una fan irredenta y genuina del de Pomona. No son versiones Rank Xerox las que suelta, aquí no hay fotocopias sino reinterpretaciones. Y eso es bueno pero es malo; es bueno porque es el reflejo de un esfuerzo, de una voluntad, y es malo porque Sitek y Johansson no tienen mucho que aportar.

Perdida, alejada de la maraña ensoñadora y cinematográfica de Sitek, es como se encuentra la voz de Johansson en este disco de mucha atmósfera y mucho ruidito. El peor momento es la trotona e insustancial I don't want to grow up. Por suerte, aunque el resto del álbum no se eleva muy por encima de esta canción, tampoco vuelve a caer tan bajo.

Aquí lo que hay es una voz a la que le falta personalidad -algunos críticos, con mucha generosidad, la han comparado con Nico-, y un productor que anda más que sobrado de ganas de hacerse notar -que el disco comience con un tema instrumental dice mucho-. Música y voz están en mundos distintos en Anywhere I lay my head, casi en lucha. Ejemplos magníficos de lo contrario hemos tenido alguno en los pasados meses, como el segundo álbum de Soulsavers, con Mark Lanegan sufriendo con credibilidad y profundidad junto a los ingleses.

Entre lo poco bueno que se puede decir de este prescindible fetiche para fans, destaca la elección de las canciones, casi rarezas -sólo una de ellas es de los 70-. Al contrario que, por ejemplo, Rod Stewart, quien fusiló Downtown train, la actriz rebusca entre lo que parecen ser verdaderas favoritas suyas -es una señal de buen gusto y, quizá, un intencionado guiño de autenticidad-.

Las pocas virtudes de este capricho son obra de Sitek, mientras que Johansson, la razón por la que el álbum se venderá como rosquillas, no apunta maneras: ni por timbre de voz ni por personalidad al cantar. Sus limitaciones son tan notables como su belleza y éxito.

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