Sesenta y seis minutos para hacer el mundo

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Si hacemos caso al Génesis, Dios creó el mundo en seis días. A Michèle Noiret le bastan sesenta y seis minutos para hacer el suyo propio, situado entre pulsos contrarios a imagen del corazón humano. El montaje de la artista, que tuvo este pasado fin de semana su feliz estreno en España en el Cánovas, supone un ejercicio abrumador de compromiso ético para con el devenir artístico: de nada sirven el teatro, la danza y la música si no presentan al espectador (o le introducen en) su singular imitación del Divino: la escena sólo tiene sentido cuando el mundo vuelve a construirse en ella, en cada función. Cuando se habla, tan a menudo, de las vanguardias escénicas europeas, a menudo se olvida que éstas han sido posibles porque el continente en cuestión ha tenido que volver a construir el mundo en muchas ocasiones durante el último siglo. El arte tiende siempre a imitar esta determinación. Michèle Noiret ha heredado esta capacidad, si se quiere, de alumbrar senderos después de la tragedia para proponer opciones, o mejor instantáneas del entorno comprendido desde el hombre. Por eso, como cabeza visible de la danza contemporánea en Europa, de la fuente de la que tanto aún debemos saciarnos (sea éste nuestro compromiso ético), no duda en apostar con las cartas boca arriba: éste es mi mundo.

En la Habitación blanca, el mundo se construye en un espacio vacío con único ítem escenográfico: una mesa que servirá de centro de gravedad durante todo el espectáculo. Las cuatro bailarinas van ocupando la escena en un in crescendo sutil, que se asume no tanto desde la razón como desde la intuición. La desnudez es total: Noiret prescinde de sus habituales soportes tecnológicos, pero sostiene una iluminación magistral en todos sus términos y sus juegos de sonido, insertados con criterio en la hermosísima música de Todoroff y Wishart. La columna esencial de la coreografía, sin embargo, es la perfección técnica de las bailarinas, de un nivel para cuya comparación a este crítico le faltan referentes. La forma es sublime. Cada gesto, cada declinación, cada figura sostienen una belleza sobrecogedora. Pocos espectáculos de danza se han visto en Málaga en los últimos años de semejante precisión, con un sentido del movimiento como realidad capaz de clavarse en el espíritu. A Noiret no le basta que Dios construya: en la Chambre blanche baila.

Hay un sentido de la feminidad especialmente inspirador y amable en el trabajo escénico. Noiret defiende un sentido harendtiano de la Historia: quizá exista un mundo ideal, pero la especie no está abocada a él. Corresponde a la humanidad conocerlo, no mediante la formulación retórica sino a través de su construcción. El sitio se vive sólo si se hace. Existe una libertad primigenia que puede emplearse para este menester y que debe ser protegida; y es aquí donde la mujer aporta una mano distinta y necesaria. También, redentora.

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