"Siempre digo a mis alumnos que como compositores deben tener mala leche"

  • El creador barcelonés, figura indispensable de su generación y profesor en la Carnegie Mellon University de EEUU, es el protagonista del XVIII Ciclo de Música Contemporánea, que durante estos días revisa su obra

Tras la amabilidad cómplice y académica de Leonardo Balada (Barcelona, 1933) se esconde uno de los genios musicales más luminosos y a la vez invisibles del último siglo. Contrario al racionalismo y cómplice del surrealismo (colaboró en varios proyectos junto a Salvador Dalí durante los 60), Balada reside desde mediados de los 50 en Estados Unidos, donde estudió junto a Aaron Copland. Ese exilio voluntario ha garantizado su independencia tanto respecto a sus compañeros españoles de la Generación del 51 como de las mismas vanguardias norteamericanas, a las que sin embargo confiesa su afecto. Desde la primera deconstrucción de los timbres hasta su estudio del ritmo, su evolución es un monumento artístico que el público malagueño tiene el privilegio de revisar estos días en el XVIII Ciclo de Música Contemporánea.

-Tomada su obra en peso, ¿cuál es la primera característica que destacaría usted de ella?

-Siempre digo a mis alumnos que como personas deben ser intachables, pero como compositores deben tener mala leche. Eso quiere decir que su música debe tener cuerpo, ritmo, beat, y un contraste con mucho músculo. Creo que en mi obra he buscado eso mismo, una cierta noción de energía, ya desde cuando llegué a Nueva York y las vanguardias estaban en todas partes. Hablar de ritmo era casi un pecado, todo era muy racional y se me hacía pesadísimo. Parecía que después de Bartok no se podía volver a hablar de ritmo. Con Penderecki haciendo lo que hacía, ¿quién iba a preocuparse por eso? Yo incorporé las técnicas de la vanguardia, pero la verdad es que no me preocupé mucho por ella. Le añadí mi noción personal del ritmo. Eso logró en parte que en algunas de mis obras no exista melodía de ningún tipo, y que las armonías se conciban más según un sentido de tensión y relajación. Aquello era vanguardia a mi manera, con el beat. El ritmo es la parte esencial de la música, el responsable de generar la emoción. Es lo que me permite hablar con la mente. Siempre busco algo original en cada ataque.

-¿Y no cree que la misma evolución de la música le ha dado la razón? Pienso en un compositor como Steve Reich, su música se hizo con los años cada vez más tonal y también rítmica. Incluso fue a África a estudiar percusión.

-Sí, Reich y Philip Glass son amigos míos, pero ellos pertenecen a otro mundo. Es verdad lo que dices de Reich, aunque ellos empezaron en el dodecafonismo, que a mí nunca me ha atraído mucho. Creo que lo que más me une a Reich es el interés por el minimalismo y Terry Riley. Recuerdo la primera vez que escuché In C, me atrapó de inmediato. ¡Es verdad que todo está en Do! Volviendo al asunto del ritmo, lo evidente es que la mayor parte de lo que se escucha hoy en día es únicamente ritmo [Balada cierra los ojos mientras sigue el compás de un monótono hilo musical que invade la cafetería en la que se celebra la entrevista]. ¿Ves?

-¿Se considera usted a sí mismo un compositor norteamericano?

-No, no, yo soy un compositor español. Todo eso que te contaba antes del ritmo y la energía tiene mucho que ver con el Mediterráneo, donde yo nací. Es verdad que vivo desde hace mucho en Estados Unidos, pero me dedico a trabajar en la Universidad con mis alumnos, donde dispongo de la independencia necesaria y puedo reivindicar a Stravinsky sin problemas. No necesito mezclarme con más cosas, así que esa herencia mediterránea la conservo prácticamente intacta. Además, cada vez vengo más a España. Hace poco solía hacerlo una vez al año, pero en este 2012 voy a venir hasta cuatro veces, invitado por ciclos como el de Málaga. Ahora mismo, de hecho, estoy trabajando en un encargo de la Generalitat, una cantata cuyo texto es el discurso que La Pasionaria leyó en la despedida de las Brigadas Internacionales en Barcelona, en 1936.

-¿De verdad le ha encargado eso el actual Gobierno de la Generalitat de Cataluña?

-Sí, bueno, no directamente. Salió la convocatoria de un concurso, mi agente la vio y nos presentamos. Es curioso porque aquel episodio se produjo a escasos metros de donde yo viví durante mi infancia. Mi familia estaba adscrita a la República, pero a mí la Guerra Civil enseguida me pareció una carnicería entre hermanos. En esta cantata, de hecho, pongo a competir el Cara al Sol y el Himno de Riego.

-¿Reconoce en las obras que escribe ahora los motivos que le llevaron a hacerse compositor?

-Sí. Este mismo año espero estrenar en mi Universidad una ópera de cámara, La resurrección de Colón, con la que cerraré una trilogía que empecé con la ópera Cristóbal Colón y que siguió con La muerte de Colón. Aquí Dios decide resucitar a Colón y dialogan sobre la responsabilidad del mismo Dios y los hombres en los males del mundo, y termina con un descomunal Amén.

-¿Cree necesario profundizar aún más en el equilibrio entre música culta y música popular?

-El problema es que la música popular se desarrolla muchas veces a costa de la música, digamos, culta. Es cierto que Stravinsky es una gran influencia para el jazz, pero el jazz es otra cosa. A veces me pongo a escuchar pop y no percibo nada. Quizá la clave la tenga el flamenco, por su riqueza y su tradición. Una vez, escuchando la radio, comenzó a sonar algo muy rítmico que enseguida identifiqué con el flamenco. Pero cuando el locutor reveló de lo que se trataba casi no podía creerlo: ¡Era una obra de Philip Glass!

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