Sobriedad y desequilibrio

Sobrio intento de trasladar el thriller moral clásico a un paisaje local, el segundo largo de Juan Martínez Moreno (Dos tipos duros) bebe de ilustres referencias genéricas (Lang, Hitchcock o Chabrol) para trazar el retrato psicológico de personajes atrapados por su conciencia en una pequeña ciudad de provincias.

Definitivamente anclada en su estructura dramática, convincente y seria en su presentación, dubitativa y endeble desde que, a mitad de metraje, se precipitan y enredan demasiados asuntos, la cinta de Martínez Moreno apuesta por un tono general de contención que consigue mantener vivo el interés por las diatribas y dudas de un ejemplar profesor universitario (correcto y creíble Tristán Ulloa) que es testigo involuntario de un crimen cometido por su mejor amigo y principal valedor (Emilio Gutiérrez Caba en un registro a la vieja usanza) en la Facultad de Derecho donde aspira a obtener una cátedra.

Si la tradición del género se deja sentir en los pliegues de la historia y en la quiebra interna de sus protagonistas a través de diálogos escuetos y sencillas soluciones de puesta en escena, el dibujo de ambientes provincianos, que se quiere chabroliano, no resulta convincente ni profundo, mucho menos distanciado o irónico, tal ver por el difuminado perfil de los personajes secundarios y por una escasa atención a los elementos que circundan el meollo dramático, ya se trate de la investigación policial de los crímenes (sí, hay dos crímenes) o de las dinámicas universitarias.

Aun así, lastrada por desequilibrios y desfallecimientos, Un buen hombre consigue al menos respirar un aire propio, crear un interesante ambiente en claroscuro y sortear con cierta dignidad las propias incongruencias y caprichos que se autoimpone.

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