Soledad Sevilla, la materia de la luz

Escrito en los cuerpos celestes. Soledad Sevilla. Museo Reina Sofía. Palacio de Cristal. Parque del Retiro, Madrid. Hasta el próximo 29 de abril.

El gótico, con sus grandes vitrales, convirtió la luz en material de sus obras. Es casi una excepción, porque para la tradición artística occidental la luz parece un valor auxiliar: con ella construye el volumen de los cuerpos, señala las gradaciones del paisaje o subraya ciertos valores dramáticos. Turner abandonó ese camino al hacer de la luz fuerza que invade paisajes y disuelve los cuerpos.

Para Soledad Sevilla (Valencia, 1944), la luz tiene un valor diferente: es nuestro medio, permite ver, enseña las fronteras del color, hace sentir el paso del tiempo, tiñe los entresijos de la memoria. En sus cuadros dedicados a la Alhambra, figuras y espacios aparecen tras una fina red de líneas que rinden tributo a la luz, principal protagonista de la obra. En esos mismos años, una instalación, El poder de la tarde, construía en Madrid la memoria de la luz en la sevillana plaza de San Lorenzo. En 1990, en La Algaba, cubrió la planta de almenas de la Torre de los Guzmanes con una lona azul. Su ligera urdimbre impedía la visión del panorama circundante, pero hacía presente a su agente olvidado, la luz, que declinaba todos sus matices en el interior del recinto. Después, en su trabajo en el Castillo de Vélez Blanco (1992), la proyección de los arcos del antiguo patio (hoy en el Metropolitan de Nueva York) se hacía visible a medida que cesaban las últimas luces del crepúsculo.

De este largo proceso de trabajo y reflexión la intervención en el Palacio de Cristal del Retiro es quizá una culminación. Soledad Sevilla ha diseñado una estructura, réplica del interior del recinto que trazara Velázquez Bosco en 1887. El material plástico, traslúcido, de color azul, hace al espectador consciente de la forma del edificio y de su entorno, pero enfatiza la presencia de la matizada luz de Madrid, las variaciones propias del oblicuo sol de invierno confieren al espacio la virtud de cada hora del día.

Miguel Ángel decía que el escultor no construía, sino sólo quitaba materia para mostrar la forma que latía en su interior. Soledad Sevilla hace algo parecido: busca la complicidad de la naturaleza para hacer presente la luz. Hay diferencias. Buonarroti soñaba con la eternidad de las formas liberadas y Soledad Sevilla prefiere la temporalidad de la obra: señala el paso de las horas y es efímera, pero queda en la memoria. Los paneles que forman la instalación están horadados con finas figuras. Son signos de puntuación. Una invitación al pensamiento. Alguien dijo que pensamos porque hablamos y no al revés, como aún creen muchos. Puntos, comas, paréntesis, puntos suspensivos son una evocación del habla, de un pensamiento que respira, se altera y siente. Sin esas cualidades, el pensamiento, decía Adorno, sería mera tautología, tediosa reiteración de lo mismo.

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