"El valor de Sonic Youth debe calibrarse en niveles de influencia"

  • Ignacio Julià, firma ilustre de la crítica musical española, revisa en 'Estragos de una juventud sónica' la trayectoria de la singular banda norteamericana

Veterano de la crítica rock española, Ignacio Julià (Barcelona, 1956) pisó redacciones históricas, incluidas las de Star o Vibraciones, antes de embarcarse en la fundación de Ruta 66, como la revista de cuyo cisma surgió, Rockdelux, una de las cabeceras musicales emblemáticas de la era pre-internet. Autor de una de las mejores biografías de The Velvet Underground (Feedback. The Velvet Underground: Legend, Truth, 2011) y de libros sobre John Lennon, Neil Young y Bruce Springsteen, entre otros, en Estragos de una juventud sónica (Alterna Editorial, 2013) retorna a uno de sus fetiches esenciales, la banda norteamericana Sonic Youth, punto y aparte del alternativismo norteamericano de los 80 a la que ya había dedicado, amén de otro volumen firmado junto a Jaime Gonzalo, decenas de reseñas, artículos y entrevistas. Sólo que en esta ocasión lo hace entrelazando sus propias vivencias con las vaivenes del singular grupo neoyorquino.

-¿Por qué Sonic Youth?

-De alguna forma, Sonic Youth me dio la oportunidad de vivir en tiempo real lo que en los 60 me había perdido con Velvet Underground. Los conocí a todos, pero era ya una historia, digamos, acabada aunque siguiesen sus carreras en solitario. Cuando descubrí a Sonic Youth, hacia el 85, por planteamiento sonoro me recordaron poderosamente a lo que había hecho Velvet Underground en los 60. Además, se movían en el círculo del arte conceptual, venían de escuelas de arte. No era una banda de rock pelado, sino que tenía todas esas connotaciones. Tuve la suerte de ser el primer periodista español que los entrevistó, en Nueva York en el 88, justo cuando estaba a punto de salir Daydream Nation, que fue el disco que los lanzó internacionalmente. Me encontré con unas personas que no diferenciaban entre nosotros somos artistas y tú eres periodista, sino que enseguida compartieron su afición y su pasión por el rock conmigo.

-Y se convirtió en una relación más allá de lo profesional...

-Iniciamos una relación que siguió a lo largo de los años. El hecho de haberlos seguido disco a disco, gira a gira cada vez que venían a España, me creó una cierta responsabilidad: tenía todo ese material, y tenía que darle forma y publicarlo en español. Porque a diferencia de Feedback, que se publicó en inglés, éste es un libro hecho pensando en el lector de habla española. Ya existen excelentes biografías de Sonic Youth en inglés. Lo que podía darle un color especial a ésta es que fuera muy personalista y muy localista.

-Transgrede una norma básica, la del distanciamiento entre el periodista y el objeto de su narración.

-Estoy en contra de esa ley no escrita. Entiendo que es aplicable a la ciencia: cuando estudias un fenómeno, tu sola presencia como observador ya lo transforma. Pero el arte es mucho más voluble, más moldeable. Siempre he sentido esa fascinación por la persona detrás de la obra, sin la que no vas a entenderla completamente. Pero el libro intenta conciliar esa proximidad con la distancia crítica, que está ahí. Y aunque esté próximo a ellos, puedo observar su obra con una distancia que ellos nunca tendrán.

-Hubo un momento, en los primeros 90, en los que decir Sonic Youth era poco menos que decir Dios...

-Es como los mercados, que suben y bajan. De todas formas, creo que en la época en que Sonic Youth eran Dios estaban sobrevalorados. Yo soy muy fan, pero entiendo que es música que no le puede gustar a todo el mundo, como The Pixies o Nirvana, que usan estructuras más simples, más fáciles, más pop, digamos. Pero Sonic Youth, más que una banda, era un colectivo artístico con muchas facetas. Llegó un momento en el que ficharon por una multinacional, hicieron videoclips, entraron en la MTV y grabaron discos como Goo, Dirty o Experimental Jet Set que marcaron a una generación. Desde el estamento crítico, histórico y musicológico, Daydream Nation está incluso en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos como obra esencial de esa época. Pero creo que estaban sobrevalorados, y esto de alguna forma jugó en su contra. Si no lo hubieran estado, igual cuando comenzaron a hacer discos menos asequibles el bajón hubiera sido distinto. Ni entonces ni ahora: el valor de Sonic Youth debe calibrarse más en niveles de influencia que quizás en valores estrictamente musicales. Y la influencia ha sido enorme.

-También su valor musical, al menos en determinada época. Quizás por eso sorprende más la celeridad de su invisibilidad tras la disolución.

-En el caso de Velvet Underground, no se comen un rosco en los 60 y después resulta que son tan importantes como The Beatles o Dylan: prácticamente el tríptico sin el que no se entiende la música moderna. El caso de Sonic Youth es similar: la influencia es casi superior al valor musical intrínseco, aunque éste para mí sea muy elevado. Son los primeros en Estados Unidos que salen a la carretera metidos en una furgoneta y prácticamente crean un circuito, llamando a clubes, a bares, y tocando en sitios donde jamás habían escuchado ese tipo de música. Eso crea una infraestructura que da pie a un submundo en el que luego se sustentarán el rock alternativo y el grunge en los 90 para dar el gran salto. Sin ese circuito, por ejemplo, no se entiende a Nirvana, que es el grupo que dispara la alarma y hace que todas las multinacionales se pongan a contratar a bandas a diestro y siniestro. Como el punk en los 70, empuja a toda una generación a montar grupos, gente que se dice que no es necesario ser un virtuoso de la guitarra. De ahí surge el indie español, Los Planetas, El Inquilino Comunista, toda esa generación tan importante, ahora ya un poco superada, sin la que no entenderíamos fenómenos posteriores como el estival de Benicàssim o el Primavera Sound.

-Y no obstante, se les acusa de manera reiterada de presunción por manejar conceptos artísticos; se les embarca en esa permanente confrontación entre el arte y la presumible naturaleza salvaje del rock...

-Sufrimos la herencia de ese pasado histórico que contempla el arte como algo superior, sublime, destinado a las élites y a la burguesía. Pero todo es arte, y si lo llevamos a su mínima expresión, una forma de pasar el tiempo. Así que no entiendo muy bien esa dicotomía, aunque lo cierto es que sigue existiendo: hay gente para la que el rock ha de ser pura diversión, sin ningún significado o trascendencia social. Pero hemos llegado a un punto en el que todo está tan mezclado que intentar hacer ese tipo de separaciones es inútil. Ellos se acercan al rock de un modo muy desacomplejado. Cuando en el 92 les pregunto qué opinan cuando los llaman arty, no lo entienden. ¿Arty nosotros? Pueden abordar temas políticos o religiosos, muy presentes en su música. El complejo católico de Thurston [Moore], por ejemplo, erupciona en muchas canciones que utilizan la imaginería del catolicismo para revertirla y convertirla en algo distinto, para transgredirlo. Y hay también, aunque más difuminada, una visión política que está incluso en los primeros discos. Bad Moon Rising es una visión apocalíptica y esperpéntica de la América de Reagan, seguramente el principio de lo que estamos viviendo ahora, ese mundo que comienza a gestarse con Reagan y Thatcher.

-¿Es Sonic Youth un fenómeno genuinamente estadounidense?

-Indudablemente, por esa mezcla de ingenuidad e intrepidez que distancia a la cultura y el arte estadounidenses del europeo, más condicionado por su pasado. Además, gran parte de su obra documenta, analiza y critica, aun de modo entre gráfico y subliminal, la sociedad norteamericana y su proyección. En especial el modo en que los dogmas religiosos y políticos, o los todopoderosos medios de comunicación, moldean y controlan al ciudadano.

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