Crítica de Cine

Sudar la escritura

Javier Gutiérrez, en 'El autor'. Javier Gutiérrez, en 'El autor'.

Javier Gutiérrez, en 'El autor'.

No sé sabe bien si como reflejo de la propia historia de este escritor frustrado en trance de superación, El autor arranca estrepitosamente mal, con una concatenación de escenas (el taller literario, la entrega de premios, la conversación con el compañero de despacho, la crisis y la ruptura con la mujer…) que nos hacen dudar seriamente de que detrás de sus imágenes, interpretaciones y diálogos de cartón esté el mismo director de Caníbal o La mitad de Óscar.

Por fortuna, la película acaba cogiendo otro tono y otro tempo en el encierro y ante el espejo, a saber, en el proceso de aislamiento y extrañamiento metadiscursivo de su protagonista, un anodino y acomplejado empleado de notaría cuya máxima aspiración vital es escribir "literatura-de-verdad", y no los best-sellers con los que triunfa su esposa. Un tono grotesco de comedia negra, con cierto aire polanskiano, que Martín Cuenca filma en espacios vacíos, con sudor y ventiladores, en una Sevilla veraniega y desértica que parece diluirse en la mente cada vez más enfebrecida de su protagonista, infatigable en su tarea, espoleada por el caricaturesco profesor de Antonio de la Torre, de convertir la realidad que le rodea, "la vida", en la materia prima de su obsesivo proyecto literario.

Interesantes resultan aquí algunas ideas meramente cinematográficas sobre el texto original, la novela El móvil de Javier Cercas: la proyección de sombras en el patio del edificio, las voces como guía para la construcción de la obra, el portal, los rellanos y las escaleras como espacios recurrentes para los encuentros y relaciones que serán determinantes en la trama.

El problema es que, a pesar de su estabilización y su contención minimalista, El autor no termina de coger ángulo paródico sobre el mundo de la literatura ni sobre ese pobre diablo (un Javier Gutiérrez más encendido de la cuenta) y su capacidad de manipulación de los acontecimientos en beneficio de su novela, explicitando siempre en exceso (véase la escena del escritor poniendo sus genitales encima de la mesa de trabajo) ese juego de ida y vuelta entre realidad y proceso creativo que está en la base de la obra original y en su traducción cinematográfica. El epílogo postizo no hace sino confirmar aún más estas sensaciones.

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