Tócala otra vez, Woody

  • El periodista Eric Lax publica un volumen fruto de más de treinta años de seguimiento al director neoyorquino

Woody Allen no se da descanso. Desde hace casi cuatro décadas, desde su debut como director con Toma el dinero y corre (1969), viene realizando prácticamente una película por año, a veces incluso dos, en una carrera cinematográfica que ha gustado alternar, además, con la literatura y la música. Un ritmo semejante lo ha llevado a facturar filmes no diré malos, sino insuficientes, pienso en La comedia sexual de una noche de verano (1982), Misterioso asesinato en Manhattan (1993) o Acordes y desacuerdos (1999), que sólo satisficieron a sus incondicionales, un público fiel que ha hallado razones y modo de perdonarle cualquier traspié. En estos últimos meses, el cineasta neoyorquino ha estado muy presente entre nosotros gracias al rodaje en tierras españolas de su último filme, la turística Vicky Cristina Barcelona (2008), la publicación de su más reciente libro de relatos, Pura anarquía, y los conciertos con su banda de jazz, que lo llevarán a Granada a finales de año. Más que un hombre famoso, Woody Allen ha acabado siendo una figura familiar, un tipo de quien sólo recordamos los buenos momentos pasados juntos. A pesar de los preocupantes signos de agotamiento de su cine, aún confiamos en una nueva ocurrencia suya. Tócala otra vez, Woody, gritan los fans. Play It Again.

Hoy, el cineasta acude invocado por la reseña de Conversaciones con Woody Allen, un volumen fruto de más de treinta años de seguimiento de una trayectoria, mejor o peor, acusadamente personal. La historia del libro es azarosa. En 1971, el redactor del The New York Times Magazine encargó a Eric Lax un reportaje sobre un cómico de treinta y cinco años recién estrenado su segundo largometraje, Bananas. Lax y Allen se conocieron entonces y, un poco por casualidad, continuaron viéndose regularmente. Lax escribió aquel reportaje, que no le publicaron, además de varios libros sobre Allen, el último de los cuales es éste, un compendio de estas charlas y un completo repaso a la filmografía del autor de Manhattan, desde sus inicios hasta ahora. Allen nos cuenta todo lo que siempre quisimos saber sobre su cine: habla del germen y floración de todos sus filmes, de cuándo y cómo surgió la idea matriz, del trasvase de ideas de unos guiones a otros, de su relación con actrices y actores, de los cambios que él impuso a ciertos filmes y de los cambios que le impusieron otros, esos dichosos condicionamientos que llevan a la película a ser como es y no como la habían ideado.

Uno de los aspectos más apreciables de Allen, y este libro abunda en ejemplos, es su capacidad para la autocrítica; lo hace con humor, lo que quizás rebaje el mordiente, pero ahí está, implacable, desplegada en todas sus direcciones. Allen no es un gran actor y, posiblemente, tampoco ha realizado ninguna obra maestra, aunque alguna vez se haya quedado cerca; él lo sabe y lo dice sin tapujos. De sus dotes como intérprete, es el primero en reconocer que se mueve en un registro limitado: "Sólo soy creíble en ciertos papeles -confiesa Allen-, como el de un urbanita cretino con pinta de intelectual de mi edad. No sería creíble, por ejemplo, en el papel de un entrenador o de un héroe de los marines". A sus malas películas las llama por su nombre. A propósito de La maldición del escorpión de jade (2001) reconoce que "puede que sea la peor película que he hecho, y eso que hay muchas candidatas para dicho puesto". No es una pose. Si le toca defender un trabajo contra la opinión general, no duda en hacerlo. De Un final made in Hollywood (2002), por ejemplo, que no gozó del favor ni de público ni de crítica, señala: "Era una película divertida, con una idea divertida y una ejecución igualmente divertida. Me lo pasé muy bien haciéndola". En resumidas cuentas: un individuo con ideas propias.

Conversaciones con Woody Allen, que ofrece un material precioso para una mejor comprensión del cineasta neoyorquino, se beneficia además de una edición estupenda. O sea, y desde ya, un título de lectura obligada para todo aquel interesado en su cine, sea o no fan suyo. Play It Again, Woody.

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