Urdiales roza la Puerta Grande

  • El diestro riojano, que sustituía al lesionado Serafín Marín y que toreaba este año por primera vez, se muestra solvente y saca nota en la oportunidad concedida

Diego Urdiales, que sustituía al lesionado Serafín Marín, se alzó como triunfador del festejo y rozó la Puerta Grande con el mejor lote de un encierro de Carmen Segovia que manseó en los primeros tercios y cuyos mejores toros fueron el nobilísimo que abrió plaza y el cuarto, también noble, aunque sin clase y sin humillar. El diestro riojano se mostró solvente y sacó nota en la oportunidad concedida. Cortó una oreja, pedida mayoritariamente y concedida con toda justicia, a su segundo toro. Y si acierta en el primer envite al primer toro, hubiera conseguido el otro trofeo. Dicen que los toros buenos descubren a los toreros malos. Diego Urdiales, un espada que toreaba su primera corrida ayer en la presente temporada, tuvo en suerte a un gran toro, el primero, muy noble y con fondo, al que toreó por momentos con clase. Salvo en las dos primeras tandas con la diestra, en las que movió con rapidez la franela, en el resto hubo ligazón y muletazos templados. El público fue ovacionando todo cuanto hizo. Tenía ganada a ley una oreja. Pero no acertó a la primera con la espada y perdió el trofeo.

Al cinqueño Dormidito, un animal muy despabilado pese a su nombre, que manseó de lo lindo en los primeros tercios, lo entendió perfectamente Urdiales. El toro de romana descomunal para su encaste Torrestrella -645 kilos- fue muy bien picado; algo decisivo para el resultado de su buen juego en la muleta. Y el torero planteó una lidia ambiciosa y con inteligencia. Se mostró como si llevara decenas de corridas. Supo entender poco a poco a un animal que acudía con la cara alta y no humillaba. Sin prisas, cruzándose y echando la muleta adelante, el torero arnedano cuajó una faena muy interesante por ambos pitones. Tras la gran estocada, que por sí misma era de premio, ganó una oreja a ley.

Fernando Cruz contó con un lote imposible; el peor del encierro. El segundo, un toro muy manso en los primeros tercios, estuvo a la caza del torero. El animal apenas embestía y medía mucho. Fernando Cruz incluso engañó, por su facilidad, a parte del personal, que creyó que el astado tenía mejores condiciones. El madrileño, sin descomponerse, abrevió una labor en la que el lucimiento artístico resultaba imposible. En la suerte suprema lo pasó mal. Se empeñó en matar al animal, que lo quería atrapar, por arriba. Estuvo digno con el complicado quinto, que desarrolló sentido y con el que su cuadrilla pasó las de Caín en banderillas. De hecho, no consiguieron prenderle las cuatro que, como mínimo, exige el Reglamento y el presidente fue abroncado por cambiar el tercio.

El Capea continúa sin triunfar en Madrid. De su lote, el sexto fue el único algo potable. El Capea tuvo como primer oponente un animal deslucido y con problemas. Trasteo sin trascendencia. Lo único bueno en ese toro fueron el coraje y agallas de El Ruso, que prendió dos pares de banderillas, arriesgando una barbaridad. Con el reservón sexto, manejable, floja labor en la que intentó justificarse, sin conseguir nada positivo.

La tarde fue para Diego Urdiales, el torero menos placeado de la terna. Un diestro que entró como sustituto y que se ha ganado por derecho propio más oportunidades, como ayer se ganó el respeto de la afición madrileña.

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