Vacío no significa mediocridad

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Resulta curioso que el día antes del estreno de Última versión Eugenio Chicano y Marina Furlani aseguraran taxativamente que la compañía Punto In Movimento no se guía por intereses estéticos, porque lo mejor del montaje, con diferencia, es su propuesta estética. La escenografía diogenesiana, la constante gotera (en realidad chorro), la música interpretada en directo, el empleo de las proyecciones como ejercicio de diálogo y desdoblamiento y hasta la iluminación, algo dudosa, constituyen hallazgos teatrales interesantes, fragmentos de un lenguaje que aspira a una significación distinta, o al menos propia. De hecho, si ésta hubiera sido la línea explotada el resultado habría sido muy distinto, porque el problema, o gran parte del mismo, se encuentra en el material de partida. Confieso que no he leído Por las rutas de los mares de Carlos Navarro y que ignoro los motivos por los que la compañía se habrá decantado por este texto, pero su traducción escénica permite levantar las peores sospechas. Y, desde luego, sus posibilidades dramáticas son más bien limitadas, por mucho que el monólogo apunte lo contrario.

Última versión sube a las tablas a Juanma, un tipo al que le ha ido todo mal en la vida, que sabe qué se siente cuando tu esposa te pone los cuernos con tu mejor amigo y que encarna la deshonra de sus familia, de la que ha heredado sus peores frustraciones. La escena se desarrolla en una habitación repleta de basura y una actriz (por cierto, ¿por qué en el cartel de la obra aparece desnuda?) juega a ser la memoria del presunto. La representación artística del vacío, o de la mierda hasta el cuello, es muy loable y cuenta con ejemplos sobresalientes; pero no se puede pretender jugar a representar La caída de Camus cuando la carne que se pone en el asador es mucha menos. En Última versión, el personaje se deshace en frases hechas hasta el previsible final y confunde, como parece que le ocurre al autor, el vacío con la mediocridad: una cosa es la nada como condición humana, como experiencia vital y filosófica, y otra la nada como carencia de argumentos. Buena parte de la literatura contemporánea está infectada de esta falta de imaginación, y de hecho echar mano de ésta supone un recurso tachado de grandilocuente y ridículo por muchos escritores y críticos. Pero que un tipo las pase canutas por lo dura y amarga que es la vida y a correr nunca debería ser suficiente para un autor, ni para un actor ni para el público.

Última versión se queda, en fin, en una parodia barata del existencialismo, por más que Eugenio Chicano quiera exprimir de donde no hay. Ah, y de Kafka nada. Harían falta más sangre y más humor.

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