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Vivir, leer, escribir, recordar

  • Anagrama reúne en un volumen los últimos libros de Sergio Pitol, Premio Cervantes en 2005, en una suerte de autobiografía exquisita que aúna existencia y literatura

Confinada a menudo al paisaje anglosajón, la autobiografía ha mantenido históricamente una somera reserva en las letras castellanas. Aunque morbosa y gustosa de los detalles íntimos, la mediterranía ha preferido y prefiere, sin embargo, el beneplácito de la ficción para engordar las también ficticias listas de ventas de libros. No obstante, aunque no cundan, entre los ejemplos que pueden traerse a colación destacan obras de muy precisa belleza que merecen pasar por lo mejor de la producción literaria del último siglo. Baste citar La arboleda perdida de Rafael Alberti para establecer, si se quiere, un canon en cuya corona merecen estar por derecho propio tres libros capitales de Sergio Pitol (Puebla, México, 1933), Premio Cervantes en 2005: El arte de la fuga (1999), El viaje (2001) y El mago de Viena (2005 ). Los tres han sido publicados en Anagrama y la editorial catalana acaba de reunirlos en un volumen bajo el elocuente y sencillo título Trilogía de la memoria.

Grosso modo, este compendio, que vuelve a presentar a Pitol en clave trigonométrica tras el imprescindible Tríptico de Carnaval (1999, también en Anagrama) representa el más exquisito ejemplo de disolución entre vida y literatura. El libro, generoso en extensión pero abarcable, se extiende como un festín delicioso donde cada plato se concibe como una sorpresa: poco se puede aventurar de lo que ocurrirá en la siguiente página. Ciertamente, el trazado vital y el homenaje intelectual y emocional a la literatura trazan todas las barreras hasta hacerse uno. En El arte de la fuga, Pitol propone un autorretrato a partir de los oficios de leer, escribir y recordar; la imaginería íntima se extiende cruzada por los otros, por una María Zambrano conquistadora que dejaba a todos los asiduos de una popular ostería romana pegados a sus asientos mientras fumaba despacio y se dejaba invadir por Dios; por el admirado Antonio Tabucchi, en un viaje en coche en el que Pitol lamentó más que nunca la sordera de su oído izquierdo en el asiento del copiloto; y tantos otros, desde Enrique Vila-Matas hasta el Subcomandante Marcos. En El viaje Pitol es definitivamente el otro, un extraño en el Este, en un periplo pensado para meses que llegó a durar años y sobre todo en un escrutinio a la literatura rosa, Gógol, Bajtín, Tolstoi, Ajmátova, Dostoievski. El mago de Viena presenta la libertad absoluta, el misterio vivo a la luz de la literatura, y la demostración del lema clausurador de El arte de la fuga: "Si es cierto que vivimos tiempos crueles, también es cierto que estamos en tiempos de prodigios".

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