De al-Ándalus al fin del mundo

  • Entre los siglos IX y XIII, Málaga fue punto de partida para miles de peregrinos cristianos que iniciaban su tránsito en el Camino de Santiago hasta el Apóstol desde los territorios islámicos por el trazado mozárabe

Ahora que se plantea con urgencia una Alianza de Civilizaciones, conviene recordar que en la Alta Edad Media convivieron en la Península Ibérica el influjo de Oriente y el fin del planeta. Es decir, que prácticamente todo el mundo estaba aquí. El apogeo de al-Ándalus trajo a este extremo del Mediterráneo las consignas culturales y políticas que reinaban desde Damasco al norte de África, y la romana Finis terrae suponía el límite de lo conocido frente al misterio del océano y sus monstruos. Ambos extremos quedaron unidos de manera efectiva entre los siglos IX y XIII gracias al Camino de Santiago, que tuvo en su vertiente mozárabe uno de sus puntos de partida en Málaga. Miles de peregrinos que mantenían su fe cristiana en los territorios islámicos aprovecharon los periodos de transigencia religiosa para buscar al Apóstol, cuya tumba fue descubierta en el año 814, según el mito, por el eremita Pelayo.

La historia del Camino de Santiago en Málaga es discreta, pero da cuenta de la tolerancia que las autoridades islámicas ejercían para con las gentes del libro en sus dominios, especialmente durante el Califato Omeya. Lejos del hermanamiento de las tres culturas que cierta utopía fraternalista ha querido idealizar, la convivencia en al-Ándalus entre musulmanes, judíos y cristianos, reglada obviamente mediante la legislación islámica, estuvo surcada de conflictos y desencuentros a menudo violentos. Cristianos y judíos podían mantener sus liturgias pero vivían convenientemente localizados en zonas delimitadas y con escasos derechos sociales. La consolidación, sin embargo, del Camino de Santiago en el norte de la Península, abrió a los primeros, durante un periodo de flexibilidad islámica, la posibilidad de viajar a territorios cristianos con el permiso de las autoridades políticas, que vieron en esta peregrinación una posibilidad de enriquecimiento. Así nació el Camino Mozárabe, con epicentro en Córdoba pero salida en el sur desde Málaga, a través de una ruta que conducía a la capital del Califato a través de esta ruta: Almogía, Villanueva de la Concepción, Antequera, Cartaojal, Cuevas Bajas, Encinas Reales, Lucena, Nueva Carteya, Castro del Río y Córdoba. Desde ahí, el camino continuaba por la Vía de la Plata y Extremadura hasta la Catedral compostelana. Las localidades malagueñas por las que transitaba el peregrinaje, sin embargo, y pesar de cierto interés del Califato en este sentido, no conocieron la prosperidad económica y la multiplicación de los servicios que se dieron en los terrenos de la Reconquista: aun con el beneplácito de los jerifaltes musulmanes, recorrer el Camino Mozárabe en al-Ándalus de manera abierta, como cristiano libre, entrañaba riesgos más que considerables. La mayoría de quienes emprendían la marcha lo hacían de incógnito y sin levantar sospechas.

Resulta curioso, precisamente, que Menéndez Pidal sitúe como gran impulsor del Camino de Santiago, con mayor vehemencia si cabe que a Carlomagno, al caudillo musulmán Almazor, ya que los ataques de éste a los reinos cristianos de la Península motivaron que los monarcas crearan por el norte de la misma una red de monasterios cluniacenses que terminarían configurando la dirección hacia la tumba del Apóstol. Aunque los primeros peregrinos provenían de Francia, pronto los cristianos de al-Ándalus constituyeron una segunda fuente que contribuyó a hacer del camino un eje vertebrador de Europa e integrador de Oriente y Occidente, pues los peregrinos del sur, aunque fieles a su credo, incorporaban las costumbres sociales de su entorno: las vestimentas, lengua y hábitos de aquellos de cristianos tenían sus raíces en Siria, Egipto, Palestina y el Magreb.

El Camino Mozárabe inició su declive tras la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212, cuando los musulmanes restringieron la libre circulación de los cristianos y prohibieron a éstos peregrinar a Santiago. Muchos abandonaron al-Ándalus y consiguieron establecerse en los reinos de Castilla y Aragón. Ya a partir del siglo XIV, el propio Camino Santiago seguiría este retroceso al aparecer en Europa otros centros de peregrinación y con los esfuerzos de la Reconquista puestos en los nuevos territorios ganados en el sur. Hoy, aquel camino pervive de manera testimonial, pero su magia se mantiene intacta.

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