Sobre el alma de Rocío Molina

  • La bailaora malagueña arrasó ayer con 'Almario' en un Teatro Cánovas lleno

Definitivamente, Málaga tiene en Rocío Molina a la punta de lanza más exigente y con mejor proyección de futuro de su realidad artística. La actuación de la bailaora se esperaba ayer con mucha expectación en un Teatro Cánovas repleto, ansioso por repetir los éxitos de los pasados montajes de la joven creadora representados en las mismas tablas (como El eterno retorno), muy a pesar de que tan sólo hace unas semanas compareció en el mismo escenario con las Mujeres de Mario Maya. Almario, su nueva apuesta, puesta de largo dentro del ciclo Flamenco viene del sur, es una muy personal recreación de los bailes flamencos tradicionales, como el taranto, la seguiriya, el garrotín, la soleá y diversos palos de fiesta levantados bajo la advocación de Fernanda Romero y la recientemente desaparecida Pilar López. Con una escenografía austera pero siempre sorprendente, Almario, estrenado en la pasada edición del Festival de Jerez, demuestra que la prometida renovación del flamenco sólo tiene sentido desde el compromiso personal del artista con su arte. El resto es humo. Rocío Molina hace nuevo el baile andaluz de siempre en la medida en que lo hace suyo, y Almario parece destinado a sumar glorias en todas partes.

La bailaora ha decidido apostar fuerte y poner toda la carne en el asador en este esfuerzo descomunal por extraer el flamenco de las connotaciones pintorescas y rancias y situarlo como una estética consecuente con su tiempo. Para ello, ha decidido dar al público la prueba definitiva para todo artista: un tanteo de su propia metamorfosis. Arropada por un cuadro de músicos flamencos al uso, Molina apareció ayer en el Cánovas vestida de cuero y con el pelo suelto, una mujer certera y valiente de su generación pero con el compás por bandera. Después, desnudó su genio y empleó el mismo escenario como vestuario para pasar por otras prendas hasta terminar en la bata de cola, mientras, bajo los focos, el lema Sé fiel a ti misma coronaba el conjunto. En pocas ocasiones se ha podido asistir a semejante declaración de principios: Rocío Molina está confiriendo dignidad al flamenco a espuertas, más allá de su técnica impecable y su vasto conocimiento. El público, eso sí, la recompensó.

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