La amable artesanía

Romántico empedernido y libre, Cyrano de Bergerac suscita tanto envidia como solidaridad. Ayer, en el Cervantes, una espectadora se lamentaba cerca de mi plaza, "pero dónde se esconderán los hombres así", y bueno, también hay que tener ganas de sufrir de mal de amores hasta ese extremo sólo por pasar como modelo de virtud. Yo envidio al Cyrano que irrumpe en la obra: quién pudiera, ante un mal espectáculo teatral , superar el proscenio y decirle al presunto cuatro verdades e incluso (tengo algunos montajes en mente) propinarle un pinchazo. En la producción representada ayer en el Cervantes, José Pedro Carrión compone un Cyrano noble, de socarronería exacta y burla somera, menos bufón que otros, y su apuesta satisface. Incluso logra sonar actual cuando reta con gravedad a los cínicos y a los vanidosos de este mundo. La presentación es impecable y el desarrollo conjuga pasiones y versos en una composición de feliz perfil. El veterano actor se aprovecha además muy bien de determinadas situaciones y demuestra en ellas su abrumadora maestría, como el momento en que se hace pasar por Cristian bajo el balcón de Roxana y habla con voz de pajarito para evitar las sospechas de la amada. La dicción en ese punto es, sencillamente, perfecta.

John Strasberg presenta una puesta en escena artesana, que funciona especialmente bien cuando esa artesanía se muestra sin tapujos en la grafía (como el paso de una a escena a otra en la primera parte mediante el descolgar manual de los telones) y que decae cuando depende más de la iluminación y elementos ajenos al fenómeno físico del actor. La dirección resulta efectiva en cuanto a la distribución espacial de los personajes y a la abstracción de los elementos (aunque este aspecto flojea un poco en la escena bélica, que no logra evocar la batalla en toda su crueldad), pero se observa una descompensación evidente: las escenas que tienen por eje a Cyrano, o mejor a José Pedro Carrión, ganan en fuerza, agilidad e incluso transmisión en el verso, pero los trazados en que el protagonista pasa a un segundo plano pierden resolución, firmeza, hermosura e intensidad. Entre Begoña Maestre y Cristóbal Suárez, Roxana y Cristian respectivamente, no logra establecerse la química suficiente de amor o no amor que permitiría jugar con la intuición del espectador, quizá porque se han eliminado algunas escenas del original que habrían ayudado a profundizar en este campo o, sencillamente, porque las pocas veces que se dejan ver solos se echa de menos a Cyrano con vehemencia. No obstante, el resultado es loable y sólo por disfrutar con la artesanía (ésta sí) dramática de Carrión hay que ir a verlo.

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