Opinión

El amigo grande

EL pasado jueves José Manuel Lara no asistió al consejo de administración de Banco Sabadell. Nunca antes había fallado. Cinco días antes asistió a dos de las comisiones del consejo, la de nombramientos y retribuciones y la de estrategia. Castigado por su enfermedad pero con su desbordante energía y su grandiosa entereza, vino en medio de su sufrimiento, escondido para dejarnos un último adiós. Felicitó al equipo de gestión, al que tildó de extraordinario después de atravesar con éxito la peor crisis bancaria de los últimos años, y nos instó a seguir no sólo en la línea de progresión del beneficio del banco sino también impulsando la internacionalización que él creía inevitable de cara al futuro. Después nos dejó. Nunca lo olvidaremos.

Lara era un hombre grande que pensaba en grande. Sobre las bases del negocio de su familia construyó un imperio editorial y de comunicación. Lector incansable, por oficio y por curiosidad, devoraba libros mientras la vista se lo permitió. Nos impresionaba su capacidad de captar con su lectura rápida, el núcleo de todos los volúmenes que se apilaban en los despachos donde hacía vida. Era fascinante su capacidad de procesar información y generar expectativas en base a ella. Directo y sincero, era el único capaz de decir a cada cual todo aquello que no quería oír. Procuraba contradecir tesis comunes, que él llanaba "gregarias", para defender sus puntos de vista independientes y libres. Casi siempre tenía razón, pero siempre atendía a razones. Decía en Madrid que se equivocaban con el inmovilismo, y en Cataluña que erraban con la utopía. Hasta el último día de conversación que tuve con él, hace apenas una semana, me insistió en la idea que defendía: tender puentes para evitar el desarrollo de los caminos hacia lo imposible.

Vino al banco como consejero independiente y después se convirtió en accionista significativo. Ha contribuido notablemente a apoyar el proceso de transformación del Sabadell, de ser un banco regional a uno de los grandes bancos españoles a través de un conjunto de operaciones audaces que requerían visión de futuro y en algunas ocasiones sacrificio a corto plazo. Defendía que los bancos en España podrían sobrevivir a la crisis sobre la base de una concentración apoyada en los más fuertes y en los que tenían mayor capacidad de gestión. Tuvo siempre altura de miras para ver el largo plazo del negocio y en los momentos de incertidumbre la firmeza de José Manuel y su consejo agudo fueron una referencia inestimable. Por todo ello, hoy el mundo de la comunicación, de la política, de la cultura, de la banca, lloramos su pérdida. Bajo la apariencia de un león indomable había un corazón enorme, amigo de sus amigos, hombre familiar. Es a éste, al hombre, amigo del alma, luchador incansable, esposo, padre, abuelo entrañable, consejero, socio, al que despedimos con esta profunda pena que sólo se siente por el cariño perdido.

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